Los lobos solitarios no existen

Los lobos solitarios no existen. Axel Seib

Aparece tal palabro con cansina frecuencia en los medios y, aún con más sorna, en la mente de cualquier persona funcional.

Es uno de tantos clichés en los que medios e instituciones han convertido tantísimos ataques que sufrimos sin ningún tipo de amago por impedirlos de raíz. Lo único que encontramos es eso: palabros con intenciones nada inocentes.

Hay que ser claros y rotundos. El término no es más que una de tantas formas alternativas que toma una excusa. Podemos hablar de lobos solitarios o casos aislados y son lo mismo: una forma pobre y vaga de insinuar que una dinámica repetida y preocupante de violencia, por parte de perfiles con evidentes rasgos en común, no es más que un casual y forzado agregado de sujetos atomizados y erráticos sin conexión alguna con su entorno, su comunidad o su discurso. Son caparazones semánticos huecos, pero con una intención nada disimulada de ocultar una realidad que debería preocuparnos y hacernos reclamar medidas urgentes. Siempre han sido píldoras para ayudar a despreocupar a una sociedad ya de por sí despreocupada.

El problema es que tales píldoras ya únicamente funcionan con sectores muy concretos de la población que muestran completa predisposición a tragar cualquier excusa para no sentirse obligados a actuar ante una realidad muy incómoda. Pero todos aquellos que han sido expuestos a la realidad, la han sufrido y tienen la desgraciada seguridad de que la seguirán enfrentando en una espiral cada vez más acelerada y violenta, se oponen con rotundidad al empleo de tales términos.

Y se oponen a tales términos porque, precisamente, saben que son la negación del problema. Sufrir en las propias carnes la peor y constante sensación de inseguridad física, mientras los responsables que deberían ofrecernos seguridad van de la manita con los responsables que deberían mostrar la realidad e informar, en una infame carrera de ocultación e implícita justificación de la violencia, no calma los ánimos.

Ha llegado tan lejos esa memez de que el lenguaje construye la realidad, que autoridades y medios siguen avanzando en esa linde que terminó hace mucho. El lenguaje tiene una función comunicativa y, además, eminentemente descriptiva. Y cierto es que el verbo es una herramienta poderosa que puede contribuir o ser eje del cambio de la realidad, pero de eso a lo que ya debería ser tratado como una clara muestra de estupidez -que únicamente encuentra escudo en la manipulación léxica- hay un trecho importante.

Se repiten patrones, perfiles, conductas y víctimas de forma insistente y cada vez más habitual… Y se repiten las excusas. Es la única parte coherente: todo es repetición. Lobo solitario, caso aislado, brote psicótico o enajenación mental.

Estos dos últimos también merecen análisis, pues atribuyen rápida y gratuitamente un atenuante a cualquier criminal que encaje en el perfil que no se puede mentar. Pero hay que decir que bajo ese paraguas podría caber cualquiera. Si por el empleo de la violencia o un hipotético y subjetivo estado de agitación se asume que alguien se encuentra en un estado patológico y de enajenación porque en estado basal no se actúa de tal forma, cualquier criminal podría ampararse en dicho atenuante. Hasta el criminal más minucioso y con mayor planificación y premeditación al ejercer formas de violencia, y tener algún grado de alteración de ánimo, puede entrar en dicha categoría. Si cualquier alteración conductual y muestra de agresividad es propia de un estado de enajenación mental, todos locos y todos salvados.

Lo cual es cierto que no se aplica, que es lo sospechoso. Se emplean esos conceptos gratuitos por parte de medios y cargos institucionales sin haber leído ni media hoja de psicología forense. Por dos motivos claros: desinterés en el análisis riguroso e inexistencia de tales documentos apenas horas después de un crimen. Pues si necesitamos semanas o meses de jugar a Marco Polo para que Correos entregue una carta, dudo que haya un informe psicológico de rigor en apenas horas.

Un lobo solitario era Ted Kaczynski: alguien ciertamente apartado de la sociedad, de comportamiento errático y antisocial, que no disponía de apoyo alguno ni ningún tipo de red o justificación mediática ni política. Alguien que no provenía de una ideología o proyecto social determinado. Algo muy distinto a tantos y tantos casos que acontecen últimamente.

Jamás diríamos que distintos individuos con perfiles y patrones comunes, paseando con un machete por Silicon Valley al grito de «¡Muerte a la sociedad industrial!», apareciendo de forma repetida y cada vez más frecuente mientras intentan matar a trabajadores tecnológicos, son lobos solitarios. Entenderíamos que sus ideas salen de algún sitio, de un origen y entorno determinado que ha alimentado y justificado tales conductas. Es más, nos negaríamos a ver o tratar tales ataques cada vez más frecuentes como meros «hechos aislados» o, peor, como parte de lo que es vivir en una gran ciudad. Tampoco escatimaríamos en crítica y señalamiento a cualquiera que se atreviese a ser comprensivo con tales ataques. Ni mucho menos podrían mostrarnos a familiares de esos sujetos agresivos justificando y diciendo que ese miembro de la familia hizo lo correcto y «está con Dios» sin serias consecuencias para tales familiares.

Es muy posible que alguno de esos sujetos esté realmente desequilibrado psicológicamente. Y también es muy posible que eso no sea un secreto para las autoridades. Y también es posible que, antes de tal episodio, haya habido muchos otros incidentes registrados. Es más, podría darse la circunstancia de que tal individuo neoludita agresivo fuese un visitante de algún país aún más industrializado que ha encontrado en California un lugar tranquilo y plácido para ser un agente de caos. Entonces, ¿por qué no se le ha controlado antes, ingresado en un centro psiquiátrico o expulsado?

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