Ansiedad

Ansiedad. José Vicente Pascual

El aceite de oliva está por las nubes, los frutos secos se pagan en el supermercado como si fuesen caviar y el arroz bomba ha alcanzado precios de salmón noruego, pero las bebidas alcohólicas mantienen un valor estable y más bien a la baja. Comprar un par de botellas de buen Rioja y un excelente ron venezolano no sube la cuenta más de veinte euros. Parece como que a los vigilantes de la salud familiar —económica y de la otra— no les preocupa tanto que nos alcoholicemos como que engordemos. Claro, todo el mundo sabe que los males con un par de copas son menos, y ya habrá tiempo para la resaca. Lo mismo sucede con los medicamentos ansiolíticos, los opiáceos y derivados tanto de la papaver somníferum como de la cannabis sativa. Oiga, que con tres euros y una receta de esas que ahora expiden los ATSs —la sanidad pública, maravilla de los tiempos— se saca usted de la farmacia una carga razonable de alprazolam o diazepan suficiente para pasar la quincena sin mayores sobresaltos, conforme con su vida y tranquilo en la contemplación del porvenir, que básicamente es la vejez y después colgar los tenis. A drogarse sin culpa.

La depresión, los estados ansiógenos y otros trastornos de mayor calibre afectan al 5’4% de la población, según datos del ministerio de sanidad; casi el 70% de los pacientes son mujeres, aunque el dato no se reputa del todo exacto porque los hombres tienden mucho más al disimulo e incluso a negar estas patologías por el “qué dirán”, entreteniendo el diagnóstico con generalidades como “estar estresado”, “sometido a mucha presión” y otros inconvenientes propios de la sociedad moderna, y tratando los síntomas con remedios caseros —o sea, la botella, el canuto y la farlopa—, automedicándose etc. La mayoría de los expertos señalan que el 20-25% de la población sufrirá episodios depresivos y crisis de ansiedad a lo largo de su vida; otros, también expertos, elevan esos porcentajes hasta el 50%. La evidencia está ahí, tan pimpante, sean cuales sean los datos: quien no conozca a alguien que ha necesita atención psicológica y/o medicación en los últimos tiempos —desde la pandemia por ejemplo—, es porque no ha vivido en España o tiene menos relaciones sociales que Andresín de Porcuna, un paisano que vivía en el olivar para que las visitas no le hicieran gasto. La cuestión que alerta a los entendidos en la materia, y mucho, es la “normalización” del malestar anímico, bien entendido que una cosa es contemplar el trastorno psicológico-mental como episodio corriente que afecta a la salud del individuo, sin carga reputacional sobre los afectados, y otra muy distinta asumir que la depresión y la ansiedad son un estado inherente a la población, acorde con el modo de vivir, la percepción del entorno y la gestión de emociones, todo ello determinado por las circunstancias histórico-coyunturales; y mucho menos, tal como se presenta en algunos ambientes, como resultado lógico y loable —loable— de la extrema tensión del buen ciudadano contemporáneo en su pugna por articular formas más humanas, libres y satisfactorias de las relaciones trascendentes, o sea: en el ámbito familiar, laboral y político. En breve: la depresión y la ansiedad serían heridas de combate por un mundo mejor, dignas de aprecio y alabanza. Y el remedio: la farmacia y la sección de líquidos del súper.

Describir estas dolencias como devenires lógicos del malestar general contra el sistema supone condena a tristeza perpetua porque hasta hoy nadie ha sido capaz de inventar y poner en marcha un sistema al gusto de todos. Cierto: el valor de lo colectivo impuesto sobre el valor del individuo ocasiona estos disparates; la identidad común es un avance generoso en la supervivencia de las civilizaciones, pero cuando el individuo no se aviene con esa identidad —histórica o artificial— no puede ser remedio el ensalzamiento de la incomodidad vital como seña irrefutable de valor y rebeldía. Eso nos lleva de nuevo al pastillazo y la botella, o al camello del barrio.

Lo peor de todo, sin embargo, está por llegar. Hace días comentaba con un amigo sobre lo que ambos llamábamos “histerización” de la vida pública. Vamos a ver y en pocas palabras: ¿cómo demonios va a hacer algo positivo por la salud mental de los españoles y desarrollar políticas preventivas en ese terreno un gobierno y una autoridad sanitaria que viven en permanente estado de alarma, en el sobresalto doctrinario cotidiano, la sobreactuación emocional y la hipersensibilización ideológica? De minuta diaria soportamos una presidencia que gime y jalea contra fantasmas, enemigos existentes en su cabeza que de un plumazo acabarán con la democracia y nos conducirán a la negrura del franquismo redivivo, sin matices. Como el loco del cuento, son el “Patria o Muerte”, el “Socialismo o Barbarie”, el “Yo o el Caos”. ¿Cómo va a transmitir sosiego y entereza a la población una gente que renueva cada mañana su ataque nervios? La tropa del grito y la consigna, del abucheo y el insulto y la estentórea y cansina “alerta antifascista”, ¿qué tranquilidad y confianza puede proponernos? Ese presidente que quizás merecemos y seguramente no, autor de memoriales de afrentas dirigidos a todos los españoles en general y a sus adeptos en particular, es el paradigma del trastorno obsesivo paranoide, el desnortado que llega a consulta y se lamenta ante el doctor: “Todos me odian, me insultan, me calumnian y denigran, mienten, se conjuran, maquinan en mi contra, se organizan contra mí en España y en el extranjero…”; ese hombre es el que manda en el gobierno de España y en el ministerio de sanidad, a su vez encargado de la salud mental de los españoles —la sanidad pública, esa maravilla—. Con tales mimbres para el cesto, ya me dirán ustedes el resultado previsible. De locos.

 

Top