Carlos V: La hispanidad en Europa

Carlos V: La hispanidad en Europa. José Alsina Calvés

Introducción

Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico (GanteCondado de Flandes, 24 de febrero de 1500-Cuacos de Yuste, 21 de septiembre de 1558), llamado «el César», reinó junto con su madre, Juana I de Castilla —esta última de forma solo nominal y hasta 1555—, en todos los reinos y territorios hispánicos con el nombre de Carlos I desde 1516 hasta 1556, ​ reuniendo así por primera vez en una misma persona las coronas de Castilla —el Reino de Navarra incluido— y Aragón. Fue emperador del Sacro Imperio Romano Germánico como Carlos V de 1520 a 1558.

Hijo de Juana I de Castilla y Felipe I el Hermoso, y nieto por vía paterna del emperador Maximiliano I de Habsburgo y María de Borgoña, de quienes heredó el patrimonio borgoñón y el Archiducado de Austria con el derecho al trono imperial del SIRG, y por vía materna de los Reyes CatólicosIsabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, de quienes heredó la corona de Castilla, con los dominios en Navarra y las Indias Occidentales, y la corona de Aragón que comprendía los reinos de: NápolesSiciliaCerdeñaValenciaMallorca y Aragón, y el Principado de Cataluña.

Carlos V quiso llevar a la práctica y realizar el antiguo ideal gibelino, expuesto en el tratado De Monarchia de Dante, de unir a todos los pueblos cristianos (es decir, Europa e Hispanoamérica) en un gran Imperio, bajo una diarquía, formada por el Emperador como señor temporal y el Papa como representante del poder espiritual. Ninguna de estas figuras estaría subordinada a la otra, sino que cada una tendría su campo propio de poder. Este proyecto se caracterizaba, entre otras cosas, por su profundo respeto a la diversidad de los pueblos, a sus costumbres, leyes consuetudinarias y lenguas, pero también por el respeto a la unidad cultural y religiosa y a la autoridad del Emperador.

El proyecto de Carlos V contó con numerosos enemigos: la corona de Francia, Inglaterra, el propio papado, celoso de su poder temporal, y el naciente protestantismo, apoyado por muchos príncipes alemanes, que veían en los proyectos imperiales una amenaza a sus privilegios. En España tuvo que enfrentarse a la rebelión Comunera, que representó a un incipiente nacionalismo castellano de miras estrechas, contrario al proyecto imperial.

Hay que señalar también que el principal consejero de Carlos V, el canciller Gattinara, era un hombre profundamente influido por las ideas de Erasmo de Rotterdam. Erasmo sostuvo una dura polémico con Lutero a propósito de la libertad humana: al escrito De libre arbitrio de Erasmo, donde se defendía la libertad humana para escoger entre el Bien y el Mal, contestó el heresiarca con el texto De servo arbitrio, donde se negaba esta libertad y se sentaban las bases para la teoría de la predestinación.

Carlos V no consiguió su objetivo, pero su hijo Felipe II y después los Austrias menores continuaron guerreando contra Inglaterra, Holanda y demás potencias protest1648, dondedas por la corona francesa, hasta la llamada paz de Westfalia, que hace referencia a una serie de tratados multilaterales firmados en la región de Westfalia, concretamente en las localidades alemanas de Münster y Osnabrück, entre enero y octubre de 1648,  donde se consumó la derrota del Imperio Hispánico en Europa, así como del Sacro Imperio, es decir, de los dos imperios católicos, y se consolidaron las monarquías absolutas, que darían lugar a los Estados nación modernos.

Carlos V fue el máximo impulsor del Concilio de Trento, en el cual jugaron un importantísimo papel los teólogos españoles procedentes de la Escuela de Salamanca. Este concilio puso en marcha la llamada Contrarreforma, que fue, en realidad, la Reforma Católica, opuesta a la protestante.

Carlos V significa la lucha contra la Modernidad en su conjunto, degradada hoy en Posmodernidad. Carlos V luchó por la unidad europea, fundamentada en los pilares del Papado y del Imperio. Si su proyecto hubiera triunfado no hubieran tenido lugar las dos guerras mundiales que ensangrentaron Europa y acabaron convirtiendo a los estados europeos en súbditos del angloimperio.

 

Carlos en España

En 1516 Carlos es proclamado rey de Castilla, Navarra y Aragón con el título de Carlos I. Se ha educado en Flandes y cuando llega a España apenas sabe hablar español. Viene acompañado de consejeros flamencos y, el que pudiera haberle aconsejado, el cardenal Cisneros, que ha sido regente desde la muerte de Fernando el Católico, ha muerto poco antes de su llegada.

Sus primeras relaciones con la nobleza castellana no son nada buenas. Este descontento culminará en la revuelta de los Comuneros. Hay resentimiento por el reparto de cargos entre los consejeros flamencos en detrimento de los castellanos, pero también se va a dar una resistencia frente a los planes imperiales que Carlos desarrollará más adelante, proyectos que ven ajenos a sus propios intereses.

Algunos han querido en la revuelta comunera un proto nacionalismo español o castellano. Es curioso que, actualmente, grupos “nacionalistas castellanos”, de corte izquierdista, reivindican la revuelta comunera. En realidad, es la misma resistencia que encontraron los Reyes Católicos a su proyecto político de unidad entre sectores de la aristocracia feudal, preocupados solamente por sus intereses particularistas.

Ramiro Ledesma, en su Discursos a las juventudes de España, se refiere a esta revuelta Comunera, diciendo que, aun con pequeñas razones de su parte, era la resistencia particularista al programa imperial.

 

Carlos Emperador

En 1520 Carlos es coronado emperador del Sacro Impero Romano Germánico. Sus consejeros borgoñones Jean Le Sauvage y Guillermo de Croy, señor de Chievres han muerto. Habían orientado toda su política a los intereses de Flandes. Su nuevo consejero, Mercurio Arborio di Gattinara, italiano, es un decidido partidario de la política imperial.

Como señala Federico Chabod en su libro Carlos V y su Imperio, este primer Carlos que llega a España está todavía situado en una visión particularista y borgoñona de la política. Pero la influencia de Gattinara y su nueva responsabilidad como emperador le llevan a evolucionar hacia una visión mucho más elevada, a la idea de una Europa unida bajo la égida imperial según el modelo que Dante había propugnado en su libro De Monarchia: una diarquía Papa/Emperador, el primero como señor espiritual y el segundo como señor temporal, haciendo suya la máxima evangélica, “dad a Dios lo que es de Dios, y al Cesar lo que es del Cesar”.

Esta visión imperial le lleva a conectar con los proyectos de sus abuelos, Fernando e Isabel, para España. Lo que Carlos quiere lograr en Europa es lo mismo que los Reyes Católicos habían logrado en España: unidad religiosa/cultural, lucha contra los particularismos, pero respeto a las costumbres y leyes consuetudinarias de los diversos territorios, y autoridad real, pero sin absolutismo.

Chabod, en el libro antes citado, sostiene que la mentalidad de Carlos está muy alejada de los ideales renacentistas y es, en realidad, la de un hombre medieval. Pero hay que señalar el término Renacimiento es amplio y ambiguo. De hecho, el término procede de la historia del arte y de la literatura, pero cuando lo queremos trasladar a la historia del pensamiento, de la filosofía o de las ideas políticas, aparece lleno de contradicciones.

Renacentistas son los humanistas, pero también lo es Lutero. Renacentista es Erasmo de Roterdam, señalado a veces como precursor del protestantismo, pero que en realidad se enfrentó a Lutero en su escrito De libre arbitrio. Renacentistas son los papas corruptos, como los Borgia, pero también el cardenal Giménez de Cisneros, que reformo la Iglesia española, combatiendo la corrupción, la simonía y el amancebamiento de sacerdotes y obispos. Renacentista fue la Universidad de Alcalá, fundada por Cisneros, donde profeso el gran humanista Antonio de Nebrija.

Durante la Edad Media Europa era una unidad cultural, la cristiandad, pero no política. La idea del Imperio estaba presente, pero no se llegó a realizar del todo, ni el Sacro Romano Imperio de Carlomagno ni en Sacro Impero Romano Germánico. En la Hispania de la Reconquista también revolotea esta idea. De hecho, los reyes de Asturias primero, y los de Castilla y León después, ostentan el título de Imperator totis Hispaniae.

De hecho, la oposición real no es de renacentistas contra medievales, sino que, en este periodo, que llamamos Renacimiento, se dan dos proyectos opuestos para Europa o la cristiandad: el proyecto imperial, lo que Eugeni D’Ors llamaría el eon de Roma o de la unidad, y el proyecto de la dispersión nacionalista y de rotura de la unidas católica, al que el mismo D’Ors llamaría el eon de Babel o de la dispersión. Al mismo D’Ors debemos la sentencia “todo nacionalismo es separatista, no importa el nivel”.

Carlos V abandero el proyecto imperial, que fue continuado por sus sucesores, Felipe II, Felipe III y Felipe IV, y por los Habsburgo austriacos. La plasmación de esta derrota se consumó en la paz de Westfalia, donde nace el estado nación moderno y la monarquía absoluta. Pero para entender este proceso es imprescindible abordar la cuestión de la (mal llamada) Reforma protestantes, que no fue en realidad una reforma, sino una herejía en lo religioso y un cisma en lo político.

 

La “prerreforma”

Mucho antes de que Martin Lutero publicara sus tesis heréticas, hay, en el mundo católico, la conciencia de una necesidad de ciertas reformas. Estos prerreformistas no se dirigen contra el dogma ni contra la autoridad espiritual de la Iglesia, sino contra la corrupción de una parte del clero, la simonía, el amancebamiento de sacerdotes y obispos, y la corrupción de algunos monasterios convertidos en lupanares. El propio papado no escapaba de esta corrupción, como es el caso de los papas de la familia Borgia. La dualidad del Papa como pontífice máximo y, a la vez, rey temporal de un territorio era una fuente de contradicciones entre su papel espiritual y sus intereses temporales.

En España, esta necesidad de reforma cobra vida con el cardenal Giménez de Cisneros, arzobispo de Toledo y regente de España desde la muerte de Fernando el Católico hasta la coronación de Carlos. Cisneros llevó a cabo una reforma profunda de la Iglesia española, combatiendo la corrupción del clero, la simonía (venta de beneficios) y profundizando en la formación teológica y religiosa del clero, tanto regular como secular, pero su obra principal fue la fundación de la Universidad de Alcalá.

 

La fundación de la “Complutensis Universitas” (1499)

La fundación de la Universidad de Alcalá o Universidad Complutense (“Complutus” era el nombre romano de Alcalá de Henares) por el Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros es uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la cultura española en el Renacimiento.

Francisco Jiménez de Cisneros había pasado por las aulas del Studium Generale de Alcalá, antes de marchar a Salamanca para completar sus estudios. En 1499, siendo ya franciscano y arzobispo de Toledo, Cisneros crea la Complutensis Universitas, mediante bula pontificia recibida del papa Alejandro VI, con fecha 13 de abril de ese mismo año. El núcleo de la nueva Universidad era el Colegio Mayor de San Ildefonso.

Cisneros llevaba varios años comprando terrenos y diseñando la futura universidad. En 1501 se pone la primera piedra del edificio universitario y en 1508, el 18 de octubre, fiesta de San Lucas, comienza sus estudios la primera promoción de estudiantes. Cabe destacar la presencia, en esta primera promoción, del futuro arzobispo de Valencia, Santo Tomás de Villanueva. En el curso 1509-1510 funcionaban ya cinco facultades: Artes y Filosofía, Teología, Derecho Canónico, Letras y Medicina.

El 22 de enero de 1510 firma las Constituciones del Colegio Mayor de San Ildefonso, que regulaban la vida universitaria.

En la mente de Cisneros la Universidad de Alcalá tenía como finalidad la formación de eclesiásticos, tanto seculares como religiosos, con vistas a su renovación intelectual y espiritual, en el marco de la reforma general de la Iglesia promovida por los Reyes Católicos, así como la preparación de las nuevas clases dirigentes –civiles y eclesiásticas– que habría de gobernar la sociedad y la Iglesia. Además, Cisneros buscaba la repristinación del pensamiento cristiano con un mejor conocimiento de la cultura clásica, la Sagrada Escritura, la Tradición de los Padres de la Iglesia y los grandes autores medievales. La Teología era el eje central de los estudios, que incluían también la Gramática, la Retórica, la Filosofía, el Derecho Canónico y la Medicina, además de los estudios de lenguas bíblicas: latín, griego y hebreo. Teológicamente Alcalá daba espacio a las tres grandes escuelas del momento: escotismo, nominalismo y tomismo.

Junto al Colegio Mayor de San Ildefonso Cisneros fundó otros colegios “menores”. En 1513 decide la creación del Colegio de San Pedro y San Pablo (vinculado a la orden franciscana), del Colegio de la Madre de Dios (Teología y Medicina), del Colegio de Santa Catalina (Artes y Física), del Colegio de Santa Balbina (Lógica y otras materias de Artes), del Colegio de San Eugenio y del Colegio de San Isidoro (Gramática latina y griega).

Tras la muerte de Cisneros fueron fundados otros muchos Colegios Menores, de órdenes religiosas (agustinos, basilios, carmelitas calzados y descalzos, cistercienses, clérigos regulares menores, dominicos, franciscanos, jesuitas, mercedarios calzados y descalzos, trinitarios calzados y descalzos), de órdenes militares, de algunas diócesis, de fundación real (Colegio del Rey) y de fundación privada (Santiago, Verdes, Málaga, Irlandeses).

La edad de oro de la Universidad de Alcalá recorre los siglos XVI y XVII, con presencia en sus aulas de importantes figuras de la vida cultural, religiosa y civil de España y de Europa. Alcalá fue, además, modelo para las nuevas universidades que se iban fundando en Hispanoamérica.

La fundación de la Universidad de Alcalá tiene un doble significado, político y cultural. En el plano político está vinculada a una reforma del catolicismo (que se verá continuada en la llamada Contrarreforma y en el Concilio de Trento) impulsada por los Reyes Católicos. Purificación doctrinal, reforma de las costumbre y mayor ilustración del clero permitirán a este catolicismo convertirse en el armazón espiritual e ideológico del nuevo estado que se está formando.

A la vez, desde el punto de vista cultural, Alcalá será la puerta de entrada de nuevas ideas en el terreno literario, filosófico, humanístico y teológico. En Alcalá tendrá lugar la edición de la Biblia Políglota, y allí enseñará el humanista Antonio de Nebrija, creador de la primera Gramática de la Lengua Española, que presentará a los Reyes Católicos como “lengua del Imperio”. Esta frase, tantas veces ridiculizada, fue pronunciada por uno de los humanistas más importantes del Renacimiento.

A pesar de estas reformas impulsadas por Cisneros aparecen, en España, ciertas tendencias religiosas próximas al protestantismo, aunque con un impacto mucho menor que en otros lugares de Europa, como en Francia. Tal fue el caso de la secta de los alumbrados, en la que destacaron tres mujeres, María de Cazalla, Isabel de la Cruz y Francisca Hernández, las dos primeras de origen judeoconverso.

Carlos V frente al protestantismo

Desde su coronación como emperador, Carlos tiene en mente la creación de un Imperio en que el catolicismo sea la argamasa de la unidad. Influenciado por Erasmo de Rotterdam (sus consejeros Gattinara y Valdés eran fervientes erasmistas) está convencido de la necesidad de extender las reformas de Cisneros al conjunto de la cristiandad.

Frente a la rebeldía luterana trató, al principio, de conciliar posiciones, pero en 1521, tras la dieta de Worms, comprobó que el acercamiento entre las posiciones de Lutero y de la Iglesia era imposible. En contra de lo que se ha dicho muchas veces, Lutero no se limitaba a criticar los abusos y la corrupción, sino que negaba elementos esenciales del credo católico: no era un reformista, sino un hereje. Desde el momento que la herejía luterana recibe el apoyo de diversos príncipes alemanas, se convierte también en un cisma.

Aprovechando las disputas internas del Imperio, Francisco I de Francia, aliado con el Papa Clemente VII, declaran la guerra a los Habsburgo. Tal como hemos mencionado anteriormente, las actuaciones del Papa como rey temporal interferían continuamente en su papel de Pontífice y eran una fuente de corrupción. Carlos derrota a los franceses en Pavía y hace prisionero a Francisco, el 10 de marzo de 1525. Dos años más tarde, derroto a los ejércitos del Papa, y las tropas españolas y alemanas entraron y Roma y la saquearon durante una semana, episodio conocido como “sacco di Roma”.

En 1530 convocó la dieta de Augsburgo, intentando una reconciliación entre católicos y luteranos en tierras alemanas. Ante el fracaso se inició una guerra contra los príncipes protestantes, apoyados por Francisco I, que concluyó en 1555, con la paz de Augsburgo, en la que Carlos acabó cediendo y reconociendo la libertad de culto a los protestantes.

 

Carlos V y el Concilio de Trento

Carlos V jugaría un papel importantísimo en la lucha con el incipiente protestantismo y en la reafirmación de la fe cristiana frente a los protestantes. En este sentido, la intervención del emperador Carlos fue decisiva para la preparación y realización del Concilio de Trento en sus dos primeras etapas: desde 1545 hasta 1549 y desde 1551 hasta 1552. Felipe II será una pieza fundamental también en este concilio entre 1562 y 1563. Tras varias interrupciones, el concilio, que fue inaugurado en 1545, logró culminar en 1563, definiendo los dogmas fundamentales de la fe católica y estableciendo las bases de la reforma eclesiástica que tanto se necesitaba. En la Instrucción que Carlos V redactó en Augsburgo en 1548, aconsejó a su hijo como objetivos prioritarios de la monarquía hispánica los siguientes:

  • Mantener la unidad católica
  • Contribuir a la reanudación del Concilio, inaugurado tres años antes
  • Acatar a la Santa Sede
  • Conceder beneficios eclesiásticos a personas dignas

Carlos V creyó necesaria la realización de un concilio porque el concepto medieval de emperador conllevaba que cuando la cristiandad atravesaba una situación difícil era obligada la convocación de un concilio. La idea de alcanzar un acuerdo con los luteranos, idea que terminó en fracaso, también le llevaron a la aceptación del concilio.

Fue Paulo III, que había vivido las luchas en Italia, quien asumió el compromiso de unificar a los católicos, logrando la reunión de un Concilio, después de que varios Papas lo hubieran intentado sin éxito. Al principio fue admirador del humanista y teólogo cristiano Erasmo de Róterdam y vio factible una posible reconciliación con los protestantes, pero luego acabó desechando esa posibilidad.

Paullo III intentó reunir el concilio primero en Mantua, en 1537, y luego en Vicenza, en 1538, al mismo tiempo que negociaba en Niza una paz entre Carlos V y Francisco I. Tras diversos retrasos, convocó en Trento (Italia) un Concilio General de la Iglesia el 13 de diciembre de 1545, que trazó los alineamientos de las reformas católicas (luego conocidas como Contrarreforma). En la primera sesión se contó con la presencia de veinticinco obispos y cinco superiores generales de órdenes religiosas. Las reuniones, que sumaron en total 25, con suspensiones esporádicas, se prolongaron hasta el 4 de diciembre de 1563.

Fue notable la presencia de clérigos y teólogos españoles, muchos educados en la Escuela de Salamanca. El espíritu e idea del concilio fue plasmada por la gestión de los jesuitas Diego LaínezAlfonso Salmerón y Francisco Torres. La filosofía le fue inspirada por Cardillo de Villalpando y las normas prácticas, sobre sanciones de conductas, tuvieron como exponente principal al obispo de Granada, Pedro Guerrero.

En este concilio, que culminó bajo el mandato del papa Pío IV, se decidió que los obispos debían presentar capacidad y condiciones éticas intachables, se ordenaban crear seminarios especializados para la formación de los sacerdotes y se confirmaba la exigencia del celibato clerical. Los obispos no podrían acumular beneficios y debían residir en su diócesis.

Se impuso, en contra de la opinión protestante, la necesidad de la existencia mediadora de la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, para lograr la salvación del hombre, reafirmando la jerarquía eclesiástica, siendo el papa la máxima autoridad de la Iglesia. Se ordenó, como obligación de los párrocos, predicar los domingos y días de fiestas religiosas, e impartir catequesis a los niños. Además, debían registrar los nacimientos, matrimonios y fallecimientos.

Reafirmaron la validez de los siete sacramentos y la necesidad de la conjunción de la fe y las obras, sumadas a la influencia de la gracia divina, para lograr la salvación, restando crédito a Lutero que sostenía que el hombre se salva por la sola fe sin conjunción con las obras que realizase. También se opuso a la tesis de la predestinación de Calvino, quien aseguró que el hombre está predestinado a su salvación o condena. En refutación a esa idea, la iglesia sostuvo que el hombre puede realizar obras buenas, ya que el pecado original no destruye la naturaleza humana, sino que solamente la daña.

Abdicación y muerte

En 1555 Carlos abdica a favor de Felipe (que reinará como Felipe II) y de las coronas de España y de la Indias, y en 1556 cedió el Imperio a su hermano Fernando. En 1557 se retiró al Monasterio de Yuste. Falleció en septiembre de 1558.

Felipe II, Felipe III y Felipe IV continuaron su lucha contra Francia, Inglaterra los Países Bajos y los luteranos alemanes. Al final, el Imperio Hispánico, ya muy debilitado, tuvo que aceptar la paz de Westfalia, que daría origen a la Europa Moderna, a los estados nación y a las monarquías absolutas.

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