«Yo sólo creo en la ciencia», afirma mi amigo Rubén Sola con la rotundidad y convencimiento con que Alfredo Landa, en la serie Lleno por favor, sentenciaba creer únicamente en Dios, en Franco y en don Santiago Bernabéu. Si le llevo la contraria, me refuta: «Eres arrogante como todos los Leo, pero no te va a servir de nada porque yo soy tenaz en mis ideas, como todos los Aries«.
Hay personas a las que no les queda más remedio que creer absolutamente en lo que sea porque no les alcanza el aliento para vivir con dudas, ni sobre ellos mismos ni sobre la realidad que transitan. Creen sin fisuras, roqueñamente, en alerta contra disensiones pues quien no cree como ellos supone peligro de invasión en su esquema mental, algo que tarde o temprano resultará intrusivo y seguramente ofensivo. El fallo de esta manera de ser —de estar en el mundo—, lo señalaba Chesterton hace casi un siglo: quien empieza a creer sólo en la ciencia acaba creyendo en cualquier tontería. A los hechos me remito.
En su fenomenal La tríbada, Miguel Espinosa señalaba el disparate: «“No creo en Dios” —dice Damiana Palacios, boticaria de cuarenta años. Y habla sin gravedad, entusiasmo ni arrojo. Más que la expresión de una convicción, la afirmación revela una manera de estar en el mundo; equivale a manifestar: “La cuestión de la existencia divina no me interesa”». Empero, Damiana cree en la quiromancia, en la cartomancia, en la oniromancia, en la uromancia, en la hidromancia, en la geomancia, en la telepatía y en toda clase de las llamadas artes notorias, que predicen y vaticinan. «Parla de telekinesia, de hipnosis, de psicoquinesis, de desdoblamientos, de fenómenos ectoplasmáticos, de facultades ocultas, de ondas cerebrales, de médiums, de bilocaciones y de saberes paranormales…». Lo dicho: se deja de creer en Dios y se acaba creyendo en cualquier estupidez.
Nuestro afamado Federico García Lorca proponía en ocasiones asertos interesantes. Sobre la ciencia dejó dicho uno que siempre recuerdo con gratitud: «La ciencia sirve para describir el misterio pero es incapaz de penetrarlo. La poesía es el intento honesto de penetrar el misterio, conociendo el fracaso de antemano». El verbo penetrar puede que no sea el más adecuado para asunto tan sutil, pero como lo usó el poeta, ahí queda. Tampoco es que yo defienda la poesía como única vía para librarse de intríngulis o quedarse a gusto, sabiendo que se ha hecho todo lo posible, pero cabe poner en cabecera de escena lo que siempre ha sido evidente: la ciencia sirve para mejorar muchas cosas y para que vivamos más y mejor, pero explicar, lo que se dice explicar desde lo profundo del ser y el sentido de la naturaleza, nos explica muy poco. Ni tiene por qué, desde luego.
Una verbigracia: la ciencia nos explica, describe, cómo la unidad mínima vital, la célula —eucariota, la nuestra—, está compuesta de agua, carbohidratos, lípidos, proteínas y ácidos nucleicos, y cómo se organiza en núcleo, membrana plasmática, citoplasma y material genético; sin embargo continua perteneciendo al misterio cómo es que todos esos materiales orgánicos, siendo también “material inerte”, sin vida propia, son capaces de producir vida al coaligarse, generando un ser, la célula, capaz de nutrirse, reaccionar ante el entorno y reproducirse. Si lo vemos a escala mayúscula, el misterio se agranda pero no esclarece: nosotros mismos. Nosotros mismos, que nada sabemos de nosotros mismos —con perdón por la cita solapada de Nietzsche—, somos el resultado de muchos miles de millones de células; en conjunto, una cantidad mensurable de agua, sales minerales, lípidos, glúcidos y prótidos. Cómo se organice esa ingente intendencia para producir un ser humano que nace bien nacido y crece, madura y conversa con su conciencia a través del pensamiento, y utiliza la charla entre pensamiento y conciencia para generar su propio lenguaje, es un misterio que conviene reconocer como tal y darle su rango justo, impenetrable, para no rompernos demasiado la cabeza ni acabar resolviendo la cuestión con un valium y un chupito de pacharán.
No obstante, oigan, hay personas que tienen solucionada la controversia con el pis pas de la creencia. O sea, llegan los Rubén Sola de este mundo y te espetan: «creo en la ciencia» con la urgente naturalidad de quien, en el fondo, se ha propuesto que todo lo demás le importe lo mismo que el color de la puerta del corral. Cosa que tampoco estaría tan mal, ni sería tan inquietante, o más bien descorazonador, si no fuese porque la gente de «creo en la ciencia» a marchamartillo y en nada más, por lo general sí cree en otros fenómenos que consideran probados, como que las personas nacen sin sexo, como que la familia biológica es un constructo cultural inventado por “el patriarcado”, como que la propiedad colectiva de los medios de producción conduce a la igualdad y la felicidad de todos y —ojo, ya hay que ser pastueño—, que nuestros impuestos sirven para pagar pensiones y sufragar la sanidad pública universal; y el colmo: que la escuela pública es “gratuita”. Dios les ampare.
Decía quien lo decía —no recuerdo quién, pero lo dijo, seguro—, que es imposible encontrar un sabio que esté completamente seguro de todo, de sus opiniones y de las opiniones de los demás, y muy difícil encontrar un necio que dude de su convicción. Bien mirado, es la historia de la humanidad: desde tiempos de Altamira, para avanzar ha sido necesario creer y convencer a muchos de que creyesen lo mismo, más que nada por no dispersar esfuerzos y que todos caminasen en la misma dirección. En efecto, hemos llegado lejos muy lejos; aunque seguro que el inventor de la división social del trabajo lo tenía claro: «Hagamos un rey que hable con los dioses y nos dicte su voluntad… ¿Qué puede salir mal?».
No hay duda, todas las canalladas conocidas a lo largo de la historia humana fueron cometidas por gente segura de lo suyo. Algunos, incluso, creían ciegamente en la ciencia.