Dragó y Posmodernia

Dragó y Posmodernia. Rafael Meléndez-Valdés

“Los amigos que perdemos no reposan en la tierra, están sepultados en nuestro corazón” (Alejandro Dumas)

 


Fernando Sánchez Dragó ha sido un gran amigo de Posmodernia. No debe por ello atribuirse a ninguna veleidosa casualidad el hecho de que su último artículo publicado en vida haya visto la luz en estas mismas páginas hace apenas unos días. Acaso fuera el misterioso Hilo Rojo del Destino de la mitología japonesa, que tan bien conocía, lo que le llevó a encontrarse con Posmodernia. O al menos eso me comentó en una de nuestras primeras conversaciones largas sobre esta casa que siempre será la suya, entre jocoso, burlón y aparentemente convencido, con esa mescolanza deliberadamente indescifrable que empleaba por momentos en su forma de dialogar, sospecho que motivada por cierto pudor en dejar traslucir con excesiva sinceridad lo que realmente pasaba por su cabeza hasta estar seguro de la complicidad de su interlocutor. Antes de que me diera tiempo a borrar de mi rostro la que debió ser una expresión que claramente delataba mi estupefacción interior, me preguntó a bocajarro: “¿Crees que bromeo? ¿sabes lo que es el Hilo Rojo del Destino, no?”. Acerté a decir dubitativo: “Bueno…, más o menos”; y a continuación me esforcé en explicarle lo poco que sabía del tema, apoyándome en una leyenda popular japonesa que lo resume y que, francamente, conocía por puro –y en este caso, afortunado- azar. Acto seguido, viendo que me escuchaba con atención y asentimiento, repuesto de mi inicial desconcierto, le planteé una duda: “Pero yo tenía entendido que solamente se refería a una especie de “predestinación” en asuntos de índole ‘romántica’, parejas, matrimonios y ese tipo de cuestiones”. Pacientemente me explicó que originariamente debió haber sido así, pero que en la cultura popular nipona se había convertido en un lugar común para explicar las relaciones interpersonales de todas clases (paterno-filiales, de amistad, etc), y por extensión, podía aplicarse a otros vínculos. “Así que ya ves: ha sido el Hilo Rojo el que me ha traído hasta Posmodernia”, me espetó divertido. Por dar continuidad a la chanza, repuse irónico: “Pues fíjate que, dejando aparte el sentido ´mágico´ que estás intentando colocarme con calzador, no deja de tener otro cierto sentido mucho más prosaico, y hasta ´inmanente´ si quieres, el hecho material de que precisamente el rojo sea el color de Posmodernia, por lo que ese Hilo Rojo ha cobrado vida en este caso en la forma de algo realmente existente”. Como un resorte replicó entre risas: “¡Ahí lo tienes! ¿Lo ves? Todo encaja. Es el Hilo Rojo de Posmodernia”. ¿Qué podía decirle?: “Amén”. Y reímos largamente…

Una tarde de… ¡gatos!

Estaba próxima la celebración del acto de presentación oficial de Posmodernia, que iba a tener lugar durante el mes de Febrero de 2017, en Madrid. El formato previsto para el acontecimiento difería deliberadamente del habitual en estos casos: la asistencia al mismo requeriría rigurosa e intransferible invitación personal, y el número de participantes estaría escrupulosamente limitado a 250. Ni más ni menos. Pretendíamos que todos los que nos acompañaran ese día tuvieran algo que aportar al proyecto y por eso fueron “elegidos” uno por uno. La idea central era generar la confluencia de personas que estimábamos valiosas, en una unidad de propósito compartida. Marcado el objetivo llevamos a cabo, con carácter previo, maratonianas jornadas de entrevistas, reuniones, contactos y preparativos. Y naturalmente, uno de los que deseábamos que estuviera con nosotros era Dragó…

Con Fernando Sánchez Dragó habíamos tenido, hasta ese momento, correspondencia cruzada y encuentros más o menos informales y esporádicos, a menudo fugaces pero constantes y, casi siempre, aprovechando convocatorias ajenas para procurarnos un “aparte” recurriendo al socorrido método del “a salto de mata” y el “aquí te pillo aquí te mato”. No obstante, él siempre nos reconocía y procuraba dispensarnos el trato preferente que las obvias limitaciones inherentes hacen posible en este tipo de ocasiones. Ya en el año 2015, con motivo de unas jornadas sobre Multiculturalismo celebradas en Córdoba, le habíamos hablado con cierta amplitud sobre Posmodernia cuando esta empezaba a ser un ilusionante embrión en plena gestación. Pero ahora se acercaba la hora de la verdad, el momento en que el proyecto Posmodernia, pulido y depurado, iba a “vestirse de tiros largos” y a presentarse en sociedad. Y Dragó tenía que estar. Así que nos planteamos la necesidad de mantener con él una reunión “formal” para explicarle el contenido definitivo de Posmodernia, nuestros planes y objetivos, e invitarle oficialmente al acto de presentación. A tal fin y buscando que la ocasión estuviera revestida de cierto protocolo, decidimos utilizar los buenos oficios de un amigo común, Javier Ruíz Portella, que se había brindado a desempeñar el papel de “introductor de embajadores”. Dicho y hecho. Dragó nos convocó en su propia casa “para que podamos hablar con total tranquilidad”, matizó.

Fue una fría tarde del invierno madrileño. Había sido un día gris, típico de la estación, el tibio sol había hecho definitivamente “mutis por el foro”, la tarde se batía en apresurada retirada y la noche empezaba a enseñorearse prematuramente del escenario. Y hacia Dragolandia encaminamos nuestros pasos Javier, Juanjo Coca y un servidor. Una calle oscura del viejo Madrid. Un portal desvencijado y vencido por los años. Una escalera angosta y mal iluminada nos conduce al umbral de la “guarida del dragón”. Un recatado toque al timbre de exótico sonido, y al instante la puerta se abre: “¿Cómo están mis amigos posmodernos?”, nos recibe “a porta gayola”, sonriente, Fernando Sánchez Dragó, al tiempo que nos invita a pasar a un pequeño hall. En tanto estrechamos manos, intercambiamos saludos y parabienes, nos advierte: “En esta casa se observan rigurosamente normas ancestrales de cortesía, por lo que os agradecería que os descalcéis y dejéis vuestros zapatos sobre ese anaquel”, señalándonos una repisa ligeramente inclinada compuesta por un par de lamas y situada a escasos centímetros del suelo. Un poco perplejos y algo azorados al principio, y mientras Dragó se retiraba discretamente adentrándose en la estancia contigua, los tres procedimos disciplinadamente a cumplir el ritual entre recíprocas miradas que apenas podían disimular un creciente grado de cachondeo por lo insólito del trance y también por nuestro, probablemente equivocado, sentido del ridículo. De esta guisa, en calcetines, entramos en la espaciosa y un tanto destartalada habitación en la que Dragó nos aguardaba. Un amplio sofá bastante trabajado y un par de sillones de la misma quinta, circundando una alargada mesa baja, componían el mobiliario de la zona de la sala en la iba a tener lugar la reunión. Todo ello rodeado de interminables estanterías repletas de libros, claro. Más allá, al fondo, una mesa alta y unas sillas en derredor conformaban lo que parecía un comedor.

A requerimiento de Dragó, tomamos asiento. Él se situó en un extremo del sofá y yo a su lado. Creo recordar que Juanjo y Javier ocuparon los sillones. Antes de entrar en materia le hicimos entrega de un regalo que agradeció vivamente: una primera edición de La feria de los discretos, de Pío Baroja, cuya trama se desarrolla precisamente en Córdoba, lo que dio pie a romper el hielo, a animar la conversación y a que empezáramos a olvidar la ausencia de nuestros zapatos. Javier Ruíz Portella hizo una breve y afectuosa introducción, tras la cual Dragó centró el tema: “Bueno, ¿qué me contáis de Posmodernia?”. Empezamos a explicarle lo que pretendíamos, nuestra intención de editar una revista digital de pensamiento y las líneas generales del proyecto. Dragó se mostraba inquisitivo, quería saber y lo que iba sabiendo no le disgustaba; diría que todo lo contrario, como el tiempo se encargó de demostrar…

Apurados los lances de recibo y tras un cuidadoso y aseado trasteo, decidí que había llegado el momento de entrar en faena para subir la temperatura de la caldera y, cargando la suerte para vaciar la embestida, le solté de un tirón el discurso completo de Posmodernia: la “muerte” de la Modernidad, el fracaso de todos los metarrelatos y todos los “ismos”, la percepción de la Posmodernidad como “tránsito epocal” entre la Modernidad agonizante y una nueva Edad por venir, la necesidad histórica de los hombres de nuestro tiempo de comparecer en esta tesitura para “llevar el agua a nuestro molino” y la responsabilidad que le incumbía, como intelectual y como precursor, de ejercer su magisterio e involucrarse en la lucha. Le apreté de veras. Paulatinamente aquello se iba convirtiendo en un pugilato –amable y considerado, pero pugilato al cabo- entre él y yo -auxiliado oportunamente por Javier y Juanjo-. Entretanto apareció por allí su hijo Akela, muy pequeño aún. Se abrazó a su padre, que lo recibió cariñosamente, le pidió que nos saludara, lo que el chiquillo hizo con exquisita corrección y lo envió a buscar a su madre, emplazándolo para encontrarse más tarde. Con inusitada diligencia el niño despareció. Y nosotros volvimos a nuestra afectuosa refriega argumental.

Por entonces estábamos enfrascados en un toma y daca en el que me esforzaba por estar a la altura y no flaquear frente a aquél prodigio de erudición y esgrima dialéctica. Transitábamos de Heidegger a Nietzsche, de D´Annunzio a Lenin, de Sócrates a Platón, de Hemingway a Marinetti, de Heráclito a Aristóteles, de Internet –“la Araña”, como él la llamaba- a la Batalla Cultural, sin orden y sin solución de continuidad. Y en estas estábamos cuando empezaron a aparecer por doquier… ¡gatos!. Primero uno, después otro, y así hasta cuatro o cinco mininos que brincaban sin parar de acá para allá: ora sobre la parte alta del sofá, tras nuestras cabezas, ora saltando directamente sobre nuestras piernas flexionadas. Dragó parecía estar en su salsa, ajeno por completo a aquella inopinada invasión felina. Por mi parte, he de reconocer que en un primer momento me sentí descolocado por tan extemporánea presencia, como les ocurrió a mis dos compañeros de fatigas. Fuera por encontrarme completamente embebido en el fragor de la “contienda” con Dragó o fuera porque después de estar allí sentado con otros tres tíos descalzos, hablando de filosofía y literatura, de lo divino y lo humano, poco podían importarme las piruetas de unos gatos revoltosos, lo cierto es que tardé bien poco en abstraerme completamente de las travesuras de los micifuz y volver a lo que nos había llevado allí. Así que había llegado el momento de rematar la faena, perfilarme para la suerte suprema y lograr que Dragó viniera a nuestra presentación. Metafóricamente mimetizado con los felinos, me lancé a la yugular de nuestro anfitrión: tenía que venir a nuestro acto, sí o sí. Y finalmente, tras alguna que otra evasiva escasamente convincente incluso para él mismo, se comprometió a asistir.

Mientras todo esto ocurría, Juanjo Coca, en su afán por agradar, se había dedicado a dispensar un variado surtido de carantoñas a uno de los gatos que se le había subido encima. Al poco tenía sobre sí al resto de la panda, ronroneando y exigiendo una equitativa redistribución de sus atenciones. Nosotros seguíamos a lo nuestro sin percatarnos de algo que había sucedido mientras nos ejercitábamos con esmero en el noble arte de dialogar. Cuando inadvertidamente giré la vista hacia el lugar que ocupaba nuestro inefable gatófilo, literalmente asediado por sus nuevos amiguitos, vislumbré la “tragedia”: ojos escandalosamente llorosos, faz demudada, gesto descompuesto y tez asaeteada por una más que evidente erupción cutánea. Sí, paciente lector: aunque él lo había ignorado hasta ese momento, tenía… ¡alergia a los gatos!; y en trance tan inoportuno sufría la eclosión de todos los síntomas.

Entre bromas y veras a cuenta del pobre y (a esas alturas) catatónico Juanjo, nos despedimos de Dragó. A cien metros de su casa encontramos una farmacia donde compramos un antiestamínico y lo tomó allí mismo. Manifestamos nuestro agradecimiento a Javier por el satisfactorio desempeño de su misión diplomática y le dijimos adiós. Nos tocaba ahora emprender el viaje de regreso al Califato y nos dirigimos apresuradamente a la estación de Atocha para tomar el último AVE. Cobraba vigor la evidencia de que el dichoso antiestamínico que Juanjo se había enjaretado estaba lejos de cumplir su terapéutica función; su aspecto era atroz. Tras un viaje dantesco, en el que hasta el tren sufrío una avería que obligó a hacer los últimos 80 kms a paso de tortuga provocando el consiguiente retraso, y con Don Gato arrebujado en un sillón, comprobando horrorizado como aquello se le extendía irrefrenablemente por todo el cuerpo, justo cuando ya estaba a punto de pedir el descabello, llegamos a Córdoba. Bajarnos del tren y salir a escape hacia un hospital fue todo uno. Al llegar le inyectaron un antialérgico que por fin pareció hacer retroceder aquella marabunta. Si hubiéramos creído en los presagios… Afortunadamente no lo hicimos.

Dragó “posmoderno”

Gélida pero soleada mañana de febrero en la capital de España. Tal y como había prometido, Dragó estuvo en el acto de presentación de Posmodernia. Tras las intervenciones se sirvió un aperitivo, y él se acercó amablemente a felicitarme por mi discurso, aunque no se privó de ponerme un pero:

– “Muy bueno tu discurso, coincido en la práctica totalidad de lo que has dicho. Pero ha sido un discurso muy político, y ya sabes que yo huyo de la política como de las siete plagas”, soltó “a bote pronto”.

– “No me digas eso, hombre. Yo creo que más que político ha sido expresamente anti-político”, le respondí.

– “No. Ha sido muy político, aunque te concedo que de una Política con mayúscula, con la que estoy de acuerdo, aunque huyo de ella”, zanjó.

– “Siendo así, sea. ¿Te has alegrado de venir?”, pregunté.

– “Sí, y no te lo digo por regalarte los oídos, nunca esperes eso de mí. Aunque ya sabes que soy escéptico. Posmodernia es un movimiento regeneracionista, noble en su afán y hasta necesario, como todos los regeneracionismos que en el mundo han sido, pero yo soy muy escéptico en lo tocante a la capacidad de regenerarse de mis semejantes”, contestó.

– “Pero tú eres un ´posmoderno´ avant la lettre. Eres un precursor y tienes una responsabilidad con nosotros. Y no puedes desertar de ella”, le insistí.

– “No lo hago, estoy aquí. Pero me reservo la posibilidad de hacer rancho aparte si en algún momento no me gusta lo que vea”.

A la postre, ocurrió todo lo contrario… Vale decir que Dragó se fue convirtiendo en más y más “posmoderno” a medida que fue conociendo Posmodernia.

Poco después, en Marzo de 2017, celebramos un acto multitudinario de presentación de Posmodernia, esta vez abierto al público en general y a todo aquél que quisiera asistir, sin restricciones. Fue en Córdoba y constituyó un éxito de convocatoria. En esta oportunidad Dragó no pudo venir. A modo de particular “quite del perdón”, nos dedicó íntegra su Dragolandia, la columna que por aquel entonces escribía en El Mundo. La tituló Posmodernia. Búsquenla en Internet. Empezaba así: “Vaya con estas palabras mi saludo cordial, afectuoso, a los amigos de Posmodernia en el comienzo de una singladura que presiento –y espero- llena de toda clase de éxitos. Asistí a la presentación de Posmodernia que tuvo lugar en Madrid el pasado mes de febrero, y todo lo que allí se dijo y habló refleja, con matices, posturas similares a las mías en lo concerniente a los males que afligen hoy a la sociedad, en su conjunto, a la condición humana, en general, y a este país nuestro que navega sin rumbo hacia el naufragio”. La parte central del artículo la dedicaba a glosar la mayor parte de esos “males” de que hablaba. Para terminar: “Os deseo lo mejor. Seguiré de cerca la estela de vuestra singladura (….) Por eso apoyo con estas palabras la botadura de Posmodernia (….) ¡Buen viaje, amigos!”.

Acababa de ver la luz nuestra revista digital. Yo le agradecí el espaldarazo en una misiva privada: “Gracias por brindar a Posmodernia cobijo y aliento en tu Dragolandia. Por mostrarnos el camino del desafío permanente, frente a la estupidez, la ordinariez y la mogigatocracia ovejuna que nos circunda”. Más adelante le reclamaba: “Sobradamente sabes que te queremos compartiendo trinchera e intemperie a nuestro lado; porque entre el relativo confort de la soledad, y la incómoda responsabilidad del magisterio, grandeza obliga a elegir la segunda”. Me contestó por idéntico conducto: “También desde la soledad se ejerce magisterio, Rafael. Piensa en Buda, en Zaratrusta, en Laotsé, en el Círculo Hermético de Hesse y Jung… Cierto, camino a vuestro lado y siempre a la intemperie, pero por la cuneta, no por el camino principal. Un abrazo”. Poco se prolongaría esa “preventiva” distancia y pronto empezó a acompañarnos en primera línea por el “camino principal”.

En contra de la caricatura deformada que a veces interesadamente nos han intentado transmitir de Dragó, puedo asegurar que esa imagen no se corresponde para nada con la realidad de un buen tipo, sencillo y afectuoso de trato, inteligentísimo, simpático, considerado, trabajador infatigable, delicado cuando era preciso, y escasamente engreído, aunque tuviera sobradas razones para serlo. Para muestra un botón: en una carta fechada a finales del pasado febrero, y tras otorgarme una sonrojante, por inmerecida, autoridad sobre él, se reputaba “… simple remero, en esa nave de sextante cultural y filosófico, con la sentina repleta de ideas y el velamen hinchado por el viento de la libertad, que es Posmodernia. Me honra ser colaborador y columnista en ella”.

Dejando al margen comunicaciones epistolares, mi último encuentro físico con Dragó se produjo el pasado septiembre, durante la Universidad Internacional de Verano de Posmodernia, que se desarrolló en Córdoba, en la que naturalmente participó activamente y en la que estuvo presente de principio a fin, como uno más, compartiendo alojamiento, comidas, descansos, diálogos, experiencias, impresiones y confidencias con los jóvenes desplazados desde distintos puntos de España y de Europa, y con el elenco internacional de ponentes entre los que figuraba. Una prueba más de la personalidad multifacética, poliédrica y siempre sorprendente –para quienes no lo conocieran- del nada petulante Dragó…

Tibia noche del estío cordobés. Ceremonia de inauguración de la Universidad en el ático-terraza del Hotel Hesperia. Una agradable brisa dulcifica la espectacular estampa del Guadalquivir serpenteando a nuestros pies, con el fondo iluminado de la Mezquita-Catedral, los Jardines del Alcazar de los Reyes Cristianos, el Arco del Triunfo, la Torre de la Calahorra y el Puente Romano. Me toca pronunciar el discurso inaugural. A continuación se sirve un cóctel. Mientras estoy departiendo con el profesor húngaro Vajk Farkas, se me acerca Dragó. Me saluda con un leve abrazo:

  • “¡Enhorabuena! Espléndido discurso. Magnífico de forma y fondo. Y no lo digo por halagarte, bien lo sabes. El único pero que te puedo poner es que lo has dicho todo y tan bien que ahora ¿qué vamos a decir los demás?”.
  • “Muchas gracias, Fernando. Tu benevolencia es excesiva. Te estás volviendo demasiado blando y condescendiente conmigo. Y por otra parte, si hay una cosa que tengo clara, es que si hay alguien que siempre tiene algo que decir es Fernando Sánchez Dragó”.

Reímos ambos. Y nuestro amigo húngaro, que fue Subjefe de Misión de la Embajada de Hungría en Madrid y habla un perfecto español.

Si alguna faceta destacaría de Dragó por encima de todas (y hay donde elegir generosamente…) es la de conversador. Era locuaz, un pozo inacabable de erudición y sabiduría en el sentido clásico del término, pero además poseía la rara virtud de saber escuchar. Por eso siempre era un placer hablar con él. De cualquier cosa. Menos de fútbol, que ahí patinaba lastimosamente… Bromas aparte, fue un extraordinario conversador. Y durante los días que duró la Universidad lo pudieron comprobar todos los asistentes, pues no dudó en brindarse a cruzar unas palabras con cualquiera que se lo requirió. Son muchos los chicos y chicas que estuvieron con nosotros esos días y así me lo hicieron saber, subrayando siempre la llaneza de su trato y su proverbial afabilidad. Los que no cuadraban con Dragó y con los que se podía llegar a mostrar hosco y hasta desagradable, eran los “filisteos empachados de Ilustración”, como los definiera Keyserling, esos pretenciosos, zafios, groseros, acomplejados y, en el fondo, vulgares, que siempre lo tuvieron en el punto de mira de su estulticia inquisitorial y sus mal disimuladas pulsiones totalitarias.

Día central de la Universidad de Verano de Posmodernia. Descanso antes de la comida. Nos retiramos ligeramente del resto y llevamos largo rato hablando de nuestras cosas. Después de pasar revista general, el tema gira hacia Posmodernia y Dragó se entusiasma. Me habla de la sensación de “estar en casa” que le produce, del bienestar que le provoca estar con nosotros, de la cercanía natural que experimenta, sin artificios ni muecas forzadas. De lo bien que se lo está pasando en la Universidad. Me repite una confesión que ya me había desvelado hace tiempo:

  • “Me encanta escribir en Posmodernia. Escribo seis o siete columnas a la semana para distintos medios, pero la que más disfruto, la que espero con ilusión y escribo con mayor placer es la de Posmodernia. Entre otras cosas, porque nadie me ha censurado nunca nada, nadie me ha dicho nunca sobre qué, sobre quién o cómo debería escribir. Escribo lo que me da la gana y sobre lo que me apetece, con total libertad, con las velas desplegadas al viento de mi inspiración”.

De repente, volví la cara y me dí cuenta de que a nuestra espalda se había formado un silencioso corrillo que escuchaba atentamente cada una de las palabras que allí se estaban diciendo. Dragó estaba ajeno a todo eso y proseguía disparado:

  • “¿Quieres que te diga una cosa que llevo tiempo pensando? Posmodernia se ha convertido en La Revista de Occidente de este tiempo. Es la mejor revista de pensamiento que actualmente existe en España”.

¿Qué quieren que les diga? Era un elogio posiblemente excesivo, pero viniendo de quien venía ¿cómo no sentir el íntimo orgullo de estar haciendo las cosas bien?.

Ese era nuestro Dragó. El Dragó “posmoderno”. Un Dragó “de verdad y de sangre”, como cantó el poeta. Un Dragó entre los muchos que fue. Pero un Dragó que fue, que es y seguirá siendo: en nuestra memoria, en nuestros afectos y en nuestros anhelos compartidos, que continuarán siendo suyos pese a su ausencia corpórea. Nos queda su espíritu, nos queda Dragó para rato, nos queda Dragó para siempre.

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Si me estás leyendo, Fernando, confío en que no me acuses de “cronófago” de tu primavera celeste por esta extensa retahíla. Me despido de tí parafraseando a otro español ilustre, al que trataste mucho y conocíste bien:

– “¡Hasta pronto, Fernando! ¡Nos vemos en el Cielo!”.                                               –                         

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