Introducción: Otra vez la Sheinbaum y su cretinismo histórico
Mal de muchos, consuelo de tontos. Pues en absoluto tranquiliza saber que en otras naciones, y más si éstas son hispanas, sus presidentes son tan cretinos en cuestiones históricas, no digamos ya científicas o filosóficas, como nuestro celebrado Pedro Sánchez Pérez-Castejón. En concreto me refiero no ya a un cretino, sino a una cretina (salvo que ella se autoperciba como él, quién sabe). Hablo de la ya ínclita Claudia Sheinbaum, presidente de México (al menos formalmente; materialmente me parece que la cosa está más repartida entre los Estados Unidos sorosianos, y trumpianos porque la Realpolitik lo exige, y los narcos). Hay que reconocer que la presidente está siendo una buena discípula de su maestro el ex presidente Andrés Manuel López Obrador (otro cretino histórico, eso es).
El pasado 7 de mayo de este agitado 2026 la muy presidenta (entiéndase la ironía) escribía en Tuiter: «Aquí les dejo el edicto de Carlos I de España en Valladolid, de 1548, en el que habla de las atrocidades de Hernán Cortés, a quien hoy pretende reivindicar la derecha mexicana. Los pueblos originarios son la verdadera reserva de valores del México de ayer y de hoy».
Pues bien, resulta que lo que colgó -como muy bien le advirtieron muchos tuiteros- no es un edicto personal del Emperador español Carlos I condenando moralmente a Hernán Cortés, sino una provisión jurídica del Consejo de Indias de 1548 derivada de un juicio de residencia, mecanismo habitual de control administrativo en la Monarquía Hispánica. El documento ordena liberar indios esclavizados ilegalmente por Cortés según cargos en su juicio de residencia, no un edicto personal de Carlos I denunciando atrocidades.
Contra el «presentismo», que -por cierto- muy bien criticó Felipe VI (por algo es «Preparado I»), hay que tener en cuenta que hablamos de una época en la que eran esclavos o siervos personas de todas las razas, inclusive blancos europeos. Cortés tuvo en cuenta cómo los mexicas tenían a indios como esclavos, así que consideró que sería culturalmente aceptable. De todos modos lo que está haciendo la muy Sheinbaum (ahora sin ironía) es, sin quererlo, reconocer que el Imperio Español no aceptaba la esclavitud de los indios americanos.
¿Hasta cuántas personas deben desaparecer y morir en México para que la señora Sheinbaum deje de decir negrolegendarieces y se ponga a trabajar (si es que puede) por la seguridad de su nación? Da vergüenza ajena, como nuestro Pedro (aunque este sentimiento es más de vergüenza propia por ser nuestro presidente, al menos formalmente).
Y la vergüenza de la señora Sheinbaum es doble porque a la Leyenda Negra contra el Imperio Español se suma su apología de un indigenismo indefinido, como si todos los indios fuesen iguales. Como si, por cierto, la mayoría de los indios no hubiesen estado de parte de Cortés y los españoles contra el Imperio Azteca. Como si tlaxcaltecas, otomíes, huetjotzingos, xochimilcos, totonacas, purepechas, etc., etc. no se hubiesen unidos a los españoles comandados por Hernán Cortés para derrotar a los mexicas que odiaban profundamente.
Sin embargo, la sangre azteca o la de cualquier otra tribu del lugar no corre por las venas de la señora Sheinbaum. Sus abuelos paternos eran judíos ashkenazis, que emigraron de Lituania a México a principios del siglo XX, y sus abuelos maternos eran judíos sefardíes originarios de Bulgaria, quienes llegaron a México huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Más que de la estirpe de Moctezuma, la Sheinbaum procede más bien de la estirpe de David, o de Abraham. Sea como sea (su procedencia nos importa un soberano comino), mal que le pese a la muy señora, Hernán Cortés es el padre de México.
Vamos a llevar a cabo una pequeña serie de artículos en Posmodernia, con la ayuda de La conquista de México de Iván Vélez, para repasar cómo fue la conquista del Imperio Azteca por parte de Hernán Cortes junto a poco más de quinientos españoles y la mayoría de las tribus indígenas que por entonces estaban sometidas (canibalismo inclusive) al añorado por la muy señora Imperio Azteca.
Ha llegado a decirse que Hernán Cortés fue el español más grande de una época grandiosa. Aunque -como ha dicho Iván Vélez- su figura pasaría de ser la del héroe universal al icono de la Leyenda Negra (que se lo pregunten a la señora Sheinbaum).
- El desembarco en Mesoamérica
En 1519 -al poco tiempo del descubrimiento de la costa atlántica mesoamericana por Juan de Grijalva y de las exploraciones de Vasco Núñez de Balboa en Panamá y en el Pacífico (el por entonces llamado «mar del Sur») y la de Juan Díaz de Solís por el Río de la Plata- el extremeño nacido en Medellín de familia hidalga sin recursos y alcalde de Santiago de Baracoa de la isla Fernandina (que es la isla de Cuba), Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano (1485-1547), por entonces llamado Hernando o Fernando, desembarcaba en lo que hoy (y no antes) es México y en sólo dos años descubrió y destruyó al Imperio Azteca (el cual era considerado como tal, e incluso desde nuestras coordenadas podríamos considerarlo como un Imperio depredador, porque su territorio iba extendiéndose y a su vez iban sometiendo a diferentes pueblos haciéndolos tributarios).
Además de Cortés, los capitanes de la expedición fueron Alonso de Ávila, Alonso Hernández Portocarrero, Diego de Ordás, Francisco de Montejo, Francisco de Morla, Francisco de Salcedo, Juan de Escalante, Juan Velázquez de León, Cristóbal de Olid y Alonso de Escobar.
Cortés es el gran descubridor de Mesoamérica, a la que se denominó tras la conquista «Nueva España». Si -como dicen algunos enterados- España no existía, ¿cómo y por qué se les ocurrió a los españoles llamar «Nueva España» a lo que habían conquistado? Esta «nueva» España requería necesariamente la existencia de una España anterior. Ya de hecho se había bautizado una isla con el nombre de La Española (en la que fue instalada la plaza de armas de España en el Caribe).
Como ha señalado Iván Vélez en su estupenda obra La conquista de México, llamar a aquellas tierras Nueva España «muestra a las claras hasta qué punto la idea de reproducción de la sociedad política hispana estaba en el ánimo de quienes descendieron de los barcos» (Iván Vélez, La conquista de México, La esfera de los libros, Madrid 2019, pág. 338).
Cortés desobedecería las órdenes de Diego Velázquez de Cuéllar, gobernador de la isla Fernandina, y emprendería su marcha hacia el continente, y el resultado final de tal aventura sería conquistarlo.
El 10 de febrero de 1519 partió de la Villa de San Cristóbal de La Habana desembarcando el día 21 en la isla de Cozumel (llamada Isla de Santa Cruz) con 550 soldados divididos en 11 capitanías, 11 barcos, 32 ballesteros, 13 escopeteros, 10 cañones de bronce, 4 falconetes, 16 caballos y un gran mastín cuyo propietario era Francisco de Largo. Varios soldados de la expedición eran tercios y veteranos de la guerra de Italia que lucharon junto al Gran Capitán; lo que quería decir que la misión se emprendió con unos de los mejores soldados del mundo.
También fueron embarcados 200 indios y algunos esclavos negros junto algunas indias de servicios, además de dos frailes y el cronista y también soldado Bernal Díaz del Castillo.
En Cozumel ya se encontraba Jerónimo de Aguilar, natural de Écija, que llevaba en la isla desde 1511 al sobrevivir en un naufragio. Aguilar sería incorporado a la expedición de Cortés como intérprete, ya que había aprendido maya. Asimismo también iba el capitán Pedro de Alvarado (sobrino de Diego Velázquez y futuro conquistador de Guatemala y El Salvador).
El símbolo de la expedición era la cruz y su lema de resonancias constantinianas: Amici, sequamur crucem, et si nos fidem habemus, vere in hoc signo vincesus. Que traducido se dice: «Hermanos y compañeros, segamos la señal de la Santa Cruz con fe verdadera, que con ella venceremos».
En Cozumel el contacto con los indios fue pacífico. Aunque Cortés destruyó los ídolos de un templo y exhortó a los indígenas a que abandonasen a sus dioses y abrazasen al Dios católico. El vacío dejado por los ídolos fue ocupado por una imagen de la Virgen. Y allí el padre Juan Díaz ofreció una misa.
El 4 de marzo de 1519 Cortés y sus hombres salieron de Cozumel rumbo a tierra firme, y lo hicieron despidiéndose amistosamente de los mayas de la isla, con los que Jerónimo Aguilar tuvo trato y pudo aprender el idioma.