La noche del darwinismo social

La noche del darwinismo social. Lomas Cendón

Winter is coming. Llevan al menos desde 2011 anunciando presentimientos de que, tras la noche, vendrá la noche más larga, bien a través de series de televisión, cine, videojuegos, bien a través de profecías mayas disléxicas. ¿Apagón? ¿Cataclismo medioambiental? ¿Mega-tsunami? ¿Variante doomsday? ¿Colapso energético? Ya abordé a priori la farsa de 2012, y mis aciertos sobre lo que sucedió sirven de credencial para afirmar esto: la fábula del pastorcillo mentiroso puede aplicarse aquí, y el lobo llegará cuando nadie crea en una alerta que ya no alerta, y que nunca tuvo función de avisar de peligro alguno, sino de someter a la población mundial a un tortuoso estrés continuo que merma su capacidad de reacción para cuando, en verdad, la bestia venga a depredar. La gente está tan harta de amenazas de agujeros de capas de ozono, calentamientos globales, cambios climáticos, crisis económicas, cracks financieros, atentados terroristas, ciberataques, invasiones extraterrestres, pandemias, meteoritos… que se prefiere ser atacado de una vez por todas, aunque nos pille desprevenidos, que esta desquiciante incertidumbre de chuparse el dedo y verlas venir. Como le dijeron al sargento de artillería Highway en la cárcel: “Si lo que quieres es dar por el culo a ese muchacho, no hace falta tanto rollo, socapullo.” Mucho antes de La Danza Final de Kali, un asturiano pendenciero lo clavó treinta y siete años atrás en Agotados de esperar el fin. Jorge Ilegal publicó en 1984 la música que pretendí escribir en 2008 en forma de libro raro. Yo también fui un macarra y sigo siendo un hortera.

Resulta evidente que nos llevan preparando desde la infancia para pelear entre nosotros a muerte, más allá de la coartada de la cultura del esfuerzo y la exigida competitividad del mundo laboral. De hecho, todo ese indigno periplo sirvió de mero entrenamiento para la noche que viene, el invierno que acecha. A quien trabaja en una multinacional y ha sabido hacerse un hueco en ese nido de víboras, a estas alturas, el apocalipsis zombi le parecerá algo así como una tesis de fin de carrera. Hacer la zancadilla, pisar, dar codazos y puñaladas por la espalda… todo eso, es definitiva, es en lo que lo que se nos instruyó con eficacia. El sistema educativo y su consecuente adiestramiento profesional no han tenido otra función que esa: prepararnos para competir en una extraña yincana en la que gana el que más puntos tiene en el highscore de la cuenta bancaria. Así de triste se configuró nuestra vida: éxito identificado a dinero. La revolución digital planteó el mercado laboral como un siniestro juego de sillas: todos girando alrededor de las sillas al ritmo de una música ridícula, y cuando se detiene la melodía, desaparece un puesto de trabajo. Un chaval es excluido del círculo y el resto siguen girando como gilipollas, hasta que solo reste uno, que se supone que gana. ¿Y cuál es el premio? Con la Agenda 2030, la escalada transhumanista y la quinta revolución industrial, se sube la dosis del divertimento: quien es excluido del círculo, ya no solo se queda en paro, pobre, apestado, marginado, solo, sin novia… sino que directamente lo matan o lo fuerzan al suicidio, y se disfruta con ello.

“Sólo puede quedar uno”, es el eslogan de todas las escuelas de lobos para el hombre de nuestra promoción, desde los ochenta con Los Inmortales de Highlander hasta el actual El Juego del Calamar, pasando por todos los formatos de reality show, como Big Brother, Supervivientes, Operación Triunfo… y todos los procesos selectivos por los que pasamos, en corporaciones, en bares de ligoteo, en estafas piramidales, los beefs de los raperos, los coaches financieros agresivos, los gurúes de la seducción, los profesores psicópatas, el jurado borde de los concursos televisivos de talentos,  las vejatorias dinámicas de grupos perpetradas por psicólogos de Recursos Humanos, el método Grönholm, los malditos assessment center, el patético paintball,los desafíos narcisistas del TikTok, la película Los Juegos del Hambre, la serie brasileña 3%, el videojuego de masas Fortnite… todo ese entramado, en definitiva, lleva cuatro décadas enseñándonos que la victoria tiene gracia si por el camino hay tortura, humillación, crueldad, y todo tipo de vejaciones a los rivales. Este es el mérito del ganador del juego de las sillas: ser el único imbécil que permite todo eso.

El Nuevo Orden Mundial se presenta en lo social como una perfecta síntesis del Capitalismo y el Comunismo cuando se trata de hacernos la vida imposible: el ciudadano modélico es un perro de presa para con otros ciudadanos (les acosa, les intimida, les delata, les exige pagar impuestos, reciclar, estar vacunados), y al mismo tiempo, es un leal caniche baboso faldero del sistema y los poderes públicos. El hombre posmoderno es un lobo para el hombre, y un domesticado perro pachón para su amo maltratador. La adaptación al entorno propia del darwinismo expresada en la frase, “sólo los más fuertes sobreviven”, suena a chiste cuando ves a tarados que rozan lo sindrómico, sin inteligencia, fuerza o talento, ocupando cargos de responsabilidad en política o con prestigio social de algún tipo. En esta nueva tiranía, los más fuertes son precisamente los primeros en caer, porque son los que no van a tolerar tal sometimiento. Los que sobrevivirán, al menos por un tiempo, serán los más sumisos y obedientes. Por un tiempo, empero, porque llegará el día que en el que estos se queden sentados en la única silla que reste. Y tras cumplir su función, ya descartables, serán decapitados sin contemplaciones.

Entendámoslo de una vez por todas: el único que gana en este juego es el hijo de puta que lo organiza. Él no participa; sólo pone las reglas y disfruta al vernos sufrir.    

Top