“Las Raíces Cristianas de Europa. Un pasado vivo para un futuro de vida” (I)

Las Raíces Cristianas de Europa (I). Vicente Niño Orti

Introducción.

La identidad cristiana de Europa ha sido un componente fundamental de su historia y cultura, modelando no solo la esfera religiosa sino también la política, la moral y la forma de vida. Este artículo se propone examinar las múltiples capas de la identidad cristiana en Europa, destacando sus raíces históricas, influencias a lo largo del tiempo y cómo se enfrenta a los desafíos de una sociedad cada vez más pluralista y secular.

 

A modo de prólogo…

Dos inmensos problemas interconectados nos rondan con alarmante urgencia. La natalidad de esta Europa nuestra, que envejece y muere lentamente sin reemplazo, sin tasa de reposición suficiente; y la clave de la inmigración que responde a que no hay quien se ocupe de ciertos trabajos en nuestra sociedad.

De cómo se aborden ambos, depende mucho más de lo que nos creemos. Hay una perspectiva casi de amenaza de supervivencia de una determinada cultura, la europea. De toda una riqueza aportada a la familia humana que está en trance de truncarse, de no seguir creciendo, de no seguir siendo capaz de darse a la humanidad. Ya la historia nos ha mostrado caídas similares. Unas mayores, otras menores. Pero caídas de modelos civilizatorios por razones análogas. De otro modo, ciertamente, pero análogos. Pero aún más, es una amenaza más que sólo a Europa, porque pretende un dominio global que destruye también otras culturas, naciones y pueblos en su verdadero ser, para hacerlos apátridas sin alma, ni raíces. Esclavos igual que los europeos, del poder del dinero que persigue un modelo social global deshumanizado.

Cruzando por en medio de las obras de la Puerta del Sol de Madrid, pero cabría la imagen para cualquier ciudad europea, con obreros de muy distintas nacionalidades pero apenas españoles trabajando, y con las noticias de que faltan camareros y cocineros de restauración a miles por toda España, pero también con los cuidadores de mayores que cualquier mañana se ven empujando sillas de ruedas de ancianos al sol en nuestras calles, se ve evidente que los migrantes vienen a hacer el trabajo que no quieren hacer los nacionales.

¿Y por qué no lo quieren hacer? Una línea de respuestas tiene que ver con las condiciones de trabajo: poca remuneración, mucho esfuerzo. Los empresarios -y particulares- no alcanzan a poder ofrecer mejores condiciones: unos porque no pueden, otros porque no les conviene. Lo cual expulsa a los nacionales y hace a los inmigrantes también víctimas, carne de precariedad, casi de esclavitud… y de la mano de ello, carne de delincuencia y generadores de inseguridad.

Otra línea de análisis enlaza con un zeitgeist muy occidental actual que tiene que ver con la comodidad, el consumismo, el hedonismo, los horizontes y metas universitarias infladas, las aspiraciones elevadísimas y la pérdida del valor del esfuerzo, del sacrificio, del valor del trabajo, de la humildad, del realismo, o de eliminar todo lo que no sea disfrutable en el tiempo rápido del ya, aun a costa de darle el poder de tu vida a las máquinas de la IA. Hay aquí una mezcla entre ver la vida como ocio e intuir una cierta renuncia a la esperanza en el progreso, que dice que por mucho que se haga, no se podrá mejorar. Entre el conformismo ramplón y la aspiración ilusa basada en un simplista igualitarismo que choca con la realidad del mundo, se logra la inacción vital enemiga del realismo. También el mundo digital y virtual de inmediatez, satisfacción y autofelicidad rápida, de fantasías metavérsicas de vidas perfectas de lujo y ocio, de instagramers de marcas y mentiras, de necesidades creadas como vías que rellenen carencias mucho más hondas, contribuye a ello.

Y la política incapaz de abordarlo enredada en sus propias ingenierías sociales, en sus propios sesgos ideológicos, en sus servidumbres de agendas internacionales, en sus planes particulares de ostentar poder y beneficios, en sus privilegios de estamento aparte, en sus rencillas enanas, en su falta de grandeza y de aspiración, en su clientelismo de interés. Y tan es así, que uno no puede por menos que pensar que igual los partidarios de la conspiración tienen razón. Pareciera que adrede sucede lo que sucede. Que adrede nos llevan por aquí a ese “no tendrás nada, todo lo deberás al estado y las corporaciones, no serás quien eras, y solo servirás al poder dinero como productor-consumidor, sin raíces ni identidad ni aspiraciones… y te haremos creer que así eres feliz”. Una mezcla paranoica y deshumanizadora entre el comunismo y el liberalismo que aboca a terribles distopías.

Pero hay esperanza. Siempre hay esperanza. No sólo por la resistencia que también hay a la imposición de ese modelo demoníaco de hombre y de sociedad y que se está dando aquí y ahora en tantos lugares de nuestro mundo y de tantas formas distintas. Desde concretos movimientos políticos a batallas culturales, pasando por vidas alternativas que generan comunidades diferentes, o por aquellos dedicados a la belleza, al conocimiento verdadero y al espíritu. Sino también porque, -y en eso ha de sostenerse la resistencia en sus estrategias, acciones y planificaciones-, el ser humano no es una máquina que se pueda programar así sin más, no mientras no impongan el transhumanismo biotecnológico.

Hay claves innatas que harán, antes o después -y ese después es el peligroso…- que eso estalle. Hay instintos primarios humanos -físicos y espirituales- radicalmente incompatibles con esa distopía dictatorial antihumana. Y eso hará que no triunfe jamás el mal de forma definitiva. Lo que atemoriza es que hasta que esas fuerzas primigenias humanas se pongan en movimiento, quizás el ser humano aguanta mucho, se deja domeñar demasiado, se le manipula en exceso, se le deshumaniza como vía para alcanzar el poder del dinero su omnímodo dominio. El proceso de desarrollo tecnológico y económico de occidente, han acelerado esas dinámicas, algo que por su grado de desarrollo otros pueblos no han vivido… aún. Pero la memoria, los logros de la historia, nos dicen que esas fuerzas son reales también en los europeos. Se trata de ponerlos en marcha, despertarlos, activarlos.

Y eso pasa, por resistir a ese zeitgeist que nos domina, y por continuar remando en línea contraria en nuestro propio yo, personal y comunitario. Pueden ir venciendo, pero no será siempre así. El Hombre volverá a despertar.

¿Cómo rearmar eso?

¿Dónde encontrar la energía personal, social, para retomar sendas de vida y no continuar caminando por senderos de suicidio cultural, vital y humano?

No está la necesidad de buscar esas energías muy lejos nuestra.

En nuestra propia historia cultural europea, en lo que configuró a la cultura europea como tal, hay un inmenso filón de energía que desde la modernidad que nace con la revolución francesa en origen, hasta la rampante secularización agresiva y anticristiana actual -nieta a fin de cuentas una de la otra- ha ido siendo abandonando progresivamente, como el que se aleja de sí mismo y de lo que lo nutre y alimenta, hasta el punto de quedar extrañado de sí mismo y exangüe. Europa ha ido dejando atrás aquella fuerza vital propia, inagotable por su misma definición para ser capaz de ir dando vida, que ha sido el cristianismo como aglutinador de lo recibido y generador de identidad y vida, hasta el punto de casi dejar de ser, hasta el punto de casi quedar deformado el propio rostro por el alejamiento de las propias raíces cristianas de Europa.

Y digo casi, aunque quizás sería más adecuado sostener que si no deformado, sí caricaturizado. Algunas facciones son aún reconocibles, algunos elementos identificadores de la identidad cristiana europea, logran seguir apareciendo y estando presentes, las raíces son fuertes y a ellas no llega el hielo ni la escarcha que parece dominar la superficie, y es precisamente esa fortaleza y esa verdadera raigambre en el suelo europeo tras casi dos milenios, tras haber sido configurados por el cristianismo, que puede regresarse a ellas, que son capaces, como un viejo roble aparentemente seco, que permitan retoñar lo mejor de la propia identidad.

  1. Las Raíces Cristianas de Europa: Un Legado Cultural Profundo

Europa, cuna de civilizaciones antiguas, ha sido moldeada a lo largo de los siglos por diversas influencias. Sin embargo, ninguna ha dejado una huella tan profunda como el cristianismo. Las raíces cristianas de Europa se remontan a la Antigüedad, cuando esta religión se arraigó y se convirtió en el fundamento cultural de la región.

El cristianismo llegó a Europa en los primeros siglos de nuestra era, extendiéndose desde el Oriente Medio hacia el oeste. La figura central de Jesucristo y sus enseñanzas resonaron entre las poblaciones europeas, y la fe cristiana se convirtió en un elemento unificador en medio de la diversidad cultural del continente.

Con el tiempo, el cristianismo se fusionó con las estructuras sociales y políticas tanto previas grecolatinas como las que fueron llegando a Europa con las invasiones bárbaras, dando forma a la Edad Media y definiendo el concepto de la cristiandad. La Iglesia Católica desempeñó un papel crucial en la vida cotidiana, influenciando la moral, la educación y la política. Monasterios y catedrales se erigieron como centros de aprendizaje y fe, preservando la herencia cultural y literaria de la antigüedad clásica.

Las Cruzadas, que tuvieron lugar entre los siglos XI y XIII, fueron un testimonio de la fuerza de la fe cristiana en la vida europea. Aunque impulsadas por diversos motivos, las Cruzadas reflejaron el compromiso ferviente de Europa con la defensa de la cristiandad y la expansión de sus principios.

El Renacimiento, un período de renovación cultural en los siglos XIV-XVII, también estuvo impregnado de la herencia cristiana. Aunque marcado por un resurgimiento del interés en la antigüedad clásica, muchos de los grandes artistas y pensadores renacentistas encontraron inspiración en las narrativas bíblicas y la teología cristiana. El Barroco alcanza una dimensión cultural y artística nunca igualada en otro ámbito geográfico vinculado a la cultura.

El siglo XIX y el XX, hijos de las revoluciones liberales, suponen una serie de cambios sociales y culturales de tal magnitud que son los que comienzan a deformar el rostro cristiano de Europa hasta llegar a la rampante secularización de los tiempos modernos, pero pese a eso, las raíces cristianas continúan siendo una parte esencial de la identidad europea. La ética cristiana ha influido en la formulación de leyes, normas morales y valores fundamentales que han perdurado a lo largo de los siglos y que aún hoy son parte central de quiénes somos los europeos, y desde luego, de quien podemos ser.

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