Antes los pueblos eran pueblos y las ciudades eran ciudades. Ahora todo son ciudades. Si llamas pueblo a alguna ciudad de la periferia provincial, como Badalona, por ejemplo, los naturales se molestan e incluso puede que lleguen a ofenderse. O sea que quede claro que no he llamado pueblo a Badalona. Luego, cuando catalogue a esta localidad entre las diez más feas de España, ya se verá la reacción.
Antes los pueblos no solamente eran pueblos por denominación sino también por afirmación histórica y determinación antropológica. Un pueblo era un lugar que por la mañana olía a tahona y por las tardes/noches a leña de hogar y humazo de chimenea. Si del sur hablamos, con el crepúsculo se levantaba un husmillo a almazara que para algunos era de gusto y para otros no tanto, aunque todo reconocían la importancia ambiental y el peso civilizador del aceite de oliva recién prensado. Las ciudades, por el contrario, olían a tubo de escape y de vez en cuando a alcantarilla revenida, existiendo una proporcionalidad directa entre la cercanía a la costa del enclave y la intensidad de aquella pestilencia. La cultura urbanizada nunca fue gratis y todas las rosas tienen su espina. El precio de tener a mano la farmacia, el cine y el instituto de enseñanzas medias se pagaba en niveles de contaminación: cuanto más densa la nube de smog, más centros de salud, más autobuses y más colegios.
Pero todo eso era antes, decía. La antigua brecha de bienestar entre pueblos y ciudades se ha ido resolviendo históricamente, a favor de los pueblos, gracias a la multiplicación de las administraciones y la proximidad de su gestión, la dotación de servicios y el incremento venusiano de los impuestos que mantienen el tinglado.
Ahora la brecha es otra.
Desde hace un par de décadas la brecha habitacional/urbanística en España se establece entre las localidades vivibles —que son casi todas, incluso las de “la España vaciada”— por un lado y las visitables/admirables por otra parte. Es una distinción nada sutil porque cualquier persona con dos dedos de frente y ojos en la cara se da cuenta enseguida de que El Prat de Lobregat no tiene nada que ver ni en qué compararse con Córdoba, ni Rentería se parece de lejos a Benidorm; y también sabe que Benidorm y Córdoba son como el as de oros y unos zapatos picolinos, con muchos turistas aquí y allá y nada en común. El factor diferencial de ambos lugares con la España vivible es notorio: el urbanismo y la ordenación del territorio. Y la peor de las lacras: el feísmo habitacional que asola sin misericordia a los lugares donde vive la gente y escapa, a veces por los pelos, de las ciudades y pueblos dignos de visita o de considerarse lugar de vacaciones.
La cuestión no carece de importancia. Cualquier viajero por la geografía patria puede apreciar sin deprimirse demasiado cómo los lugares habitables son de una fealdad unánime, como obcecada, como empeñada en reproducirse a través de modelos arquitectónicos y urbanísticos que insisten cansinamente en una funcionalidad apresurada y del todo enemiga de la estética. Ni siquiera de recién estrenados puede decirse de aquellos mamotretos urbanos que tienen algún mérito, salvo su capacidad de albergar gente o de prestar servicios. Es el canon soviético expandido en alianza con el sentido europeo/español de la practicidad: sólido, duradero y lo más barato posible. Total, las masas necesitan y tienen derecho a un refugio estable y resistente donde hacer su vida, no una lindeza donde cobijar sus sueños… No vaya a suceder que esos sueños crezcan.
La democracia es así, grosera por definición. Josep Pla lo explicaba maravillosamente, refiriéndose y describiendo a Cataluña como país democrático desde tiempos inmemoriales: “Por eso los catalanes son tan ordinarios”, decía. No sé si sea cierta esa ordinariez, pero seguro y sin duda que el urbanismo en las zonas más habitadas de Cataluña, Barcelona y provincia, es un espanto. La vivienda de protección oficial “franquista” creó una escuela de la que ninguna población desarrollada económicamente ha podido liberarse hasta hoy. Ni siquiera los centros históricos son capaces de subir el nivel. Visitar el centro histórico de ciudades como Sant Boi, Castelldefels o Tarrasa equivale a exponerse a una decepción rayana en la frustración. Más que centros históricos son barrios de casas viejas, mejor o peor restauradas; por lo general, repintadas con bastante mal gusto.
Las masas tienen derecho a vivienda, transporte y servicios público, pero no tienen derecho a la belleza. Hay en España lugares donde esta maldición se cumple con especial crueldad. Pongamos a título de ejemplo Granada y su dormitorio Maracena. Si vives en la capital, privilegio; si vives en Maracena, te ha tocado la lotería de residir en uno de los pueblos más espantosos de España. No es que Maracena fuese fea originalmente —tal vez lo era, aunque lo dudo—, pero ha ido afeando conforme crecía. La máquina de igualar se puso en marcha, la máquina de construir aceleró implacable y la máquina de embrutecer territorios hizo el trabajo esperado. Así es el progreso, o mejor dicho: así era en tiempos de Stalin, de Franco y del general De Gaulle, quien impulsó la creación de ciento sesenta mil viviendas en París, en los años cincuenta del siglo pasado, previendo la llegada masiva de africanos tras la desaparición de los emporios franceses ultramarinos. El general inventó las famosas banlieues, suburbios que en la actualidad operan estupendamente como junglas humanas, reserva delincuencial y centros de meditación islámica. Se ha avanzado, desde luego: de barrios marginales a guetos bajo soberanía de sus habitantes —o sea, sin ley, o sea, bajo la ley del más bestia—, hay un trecho que pudo recorrerse gracias al concepto moderno de democracia urbanística.
Pero eso sucedió en Francia, en París y otras ciudades de por allí—Marsella, qué referente—, cuando en realidad hablábamos de España y sus localidades más feas. Ya he mencionado unas cuantas y la lista puede ampliarse todo lo que se antoje, aunque no es cuestión de incordiar a nadie, hurgando en la herida. Yo creo que la nómina de lugares feos y verdaderamente lamentables desde el punto de vista estético puede establecerse por eliminación, siguiendo la regla básica de que todo lo no-vacacional y no-turístico, es feo de asustar.
También sirve el principio elemental de la democracia urbanística: el pueblo tiene derecho a vivir en un sitio pero no tiene derecho a la belleza. El que quiera gozar de lo bello, que vaya de vacaciones a Florencia. O a algún sitio parecido.
De cómo escenarios tan irremediables se han convertido en campos de algodón y minas de oro para la especulación inmobiliaria, y cómo viviendas feas como pecados, incómodas como asientos de misa y viejas como los caminos se pagan hoy a precio de diamante surafricano, es materia de otras reflexiones; sujeto de una mirada aún más desoladora hacia el fondo de la cuestión: la gente nunca tuvo derecho a la belleza; ahora, así a simple vista y en general, tampoco tiene derecho a una vivienda digna. En todo caso, y si uno es joven, puede alquilar una habitación. Lo único bueno de la noticia es que puede decorarla con algo de buen gusto, tal vez con algo bello y Dios quiera.