Mantiene Ernesto Schwartz en su Dialogía que la depresión clínica, en puridad, establece una «condición de lucidez» sobre la percepción genuina del entorno vital y sus nulas posibilidades de acoger el hecho humano sin malestar, en la medida en que la depresión reconoce el sinsentido del todo y razonablemente claudica ante la incapacidad de generar ámbitos coherentes donde esa falta de sentido se sustituya por una visión organizada, lógica y alentadora acerca de la presencia individual en el dominio de lo real. Según Schwartz, sólo hay una alternativa a la evidencia del sinsentido y su asunción en el terreno emocional mediante la respuesta depresiva: construir una nueva condición sentimental —no emocional— sustentada en lo que denominamos ilusión por el mundo, o ilusión por el nosotros. De ahí la importancia de lo colectivo y la vida gregaria —en el buen sentido, no enredemos—, de la familia, las amistades, los proyectos compartidos, los esfuerzos y empresas en compañía de otros, y lo apreciable de valores que remarcan la calidad de esos vínculos comunes, como la lealtad, la fidelidad, el entusiasmo por objetivos vinculados al bien común, el heroísmo, etc.
Naturalmente, Ernesto Schwartz no contempla en su disertación las soluciones trascedentes propuestas por el discurso religioso/espiritualista, por la sencilla razón de que considera palabrería tal discurso. Como a la luz de la ciencia no hay motivo ninguno para creer en una voluntad creadora que haya establecido el guion de todo y confiera sentido a la existencia mediante la promesa de un más allá, esa parte queda al margen, por completo desechada. Lo cual, desde mi punto de vista —y humildemente lo digo—, es un grandísimo error, se crea o no se crea en la explicación religiosa del mundo. Entendámonos:
Siempre me ha llamado la atención, y cada vez más, el recurso finalista escatológico, interpretativo de lo humano, como primera condición de todas las civilizaciones y desde los tiempos más remotos. En cuanto el ser humano se escinde de la originalidad animal —otra vez: en el buen sentido—, se hace sedentario, pastorea, cultiva la tierra, construye ciudades… Desde ese momento de la historia aparecen como obligación previa las explicaciones sobre el origen del mundo y el sentido de lo humano, de la conciencia y del deber moral respecto a la colectividad y «el Estado». Lo más llamativo: cómo todas las exposiciones, desde el terreno de lo legendario y lo mágico, contemplan en su base argumental los elementos cruciales, decisivos de la cuestión. El barro original del Adán bíblico es el mismo del que surge el Adapa sumerio, llegado del mar para fundar la primera civilización documentada, precisamente por medio de tablillas de barro. El estado edénico de Adán y Eva, el mito de la serpiente, el árbol del saber y el castigo divino por haber extraviado la inocencia describen el detalle del florecer de la conciencia humana y consiguiente abismo. En ese punto, sólo un dios puede salvar a la humanidad del terror ante lo infinito, la certeza de la muerte y la aplastante evidencia del sinsentido; pero tiene que ser al mismo tiempo un dios terrible, justiciero inflexible, a menudo vengativo e incluso capaz de arrepentirse de haber creado a los humanos y enviarles un diluvio que los extermine. No hay otra, el mito del dios-padre lleno de bondad que sufre por las maldades de sus criaturas es mucho más contemporáneo que el dios de la justicia que maldice a Caín y después lo protege con señal en la frente y, ya de paso, lo hace rey. No hay otra porque el mundo en aquellos tiempos no estaba para narraciones pacifistas, el trauma neolítico es demasiado reciente y la vida se ha vuelto muy dura para todos. El pastoril Abel no puede sobrevivir al herrero Caín. ¿Nos suena de algo? Es la historia humana, lo de siempre resumido en media página de la Vulgata: la vida es drama, la historia es implacable, las gentes del común tienen que trabajar dieciséis horas al día si no quieren morir de hambre —o que los decapiten por el delito de ociosidad—, los reyes disponen con absoluta discrecionalidad sobre la vida y la muerte, y las guerras entre ciudades y naciones no se fundan en ganar o perder sino en exterminar al adversario o ser exterminados. No hay piedad para nadie. En ese panorama, olvidémonos de la ilusión por el mundo y el nosotros; sólo un dios, o los dioses, podían salvar —prometer esperanza— a los humanos sujetos a aquellas ásperas condiciones de vida.
Dice Anthony Hopkins que no ha sido feliz hasta los setenta y cinco años, y que ahora lo es porque cree. «Creed, creed, creed… Jugad el juego y creed», es su mensaje. Hasta que llegó a ese convencimiento —más bien, ese estado de ánimo—, su vida era un poco caótica, como las de muchos genios del arte escénico: alcoholismo y adiciones aparejadas, conflictos legales, alguna detención, problemas serios de salud mental, en fin, lo habitual. Sólo «creer» lo ha salvado, y tan contento.
No propongo volver al refugio de barro, pero creo conveniente señalar cómo la psicología contemporánea y las ciencias conexas han prefijado una especie de «borrón y cuenta nueva» respecto a los lenitivos del pasado, las ideas, convencimientos, cosmogonías y teologías que han servido a la humanidad para soportarse a sí misma, sobrevivirse y llegar hasta donde estamos. Cancelar el pretérito es un disparate y denigrarlo una estupidez. Si la dialéctica nos enseña algo es que los avances civilizatorios se alcanzan en el «superar conservando», adelantando en tecnología y pensamiento y cuidando —integrando— ese impulso espiritual humano, la tenacidad de la conciencia que nos ha permitido superarlo todo y aspirar siempre a todo.
¿Y si la «ilusión por el mundo» nos importase lo mismo que el color del coche del vecino, y al «nosotros» le diésemos la misma relevancia que al Goya al mejor vestuario? A veces da la impresión de que la psicología moderna tiene más de discurso moral —político— que de ciencia de la mente y la conducta. Si no hay «nosotros» y no hay »mundo» al que aferrarnos, quedan dos alternativas: la medicación —o sea, la drogadicción—, o meterse en un convento igual que la protagonista de Los domingos, maravillosa película que recomiendo a todo el mundo. Dejando aparte el hecho estadístico de que somos un país medicado (1) y formamos parte de una sociedad adicta a los opiáceos —entre otras sustancias—, en cualquier otro caso habría que entrar obscenamente en el problema filosófico por antonomasia según Albert Camus: el suicidio. Pero como no quiero ponerme bombástico ni dar ideas —malas—, sólo procede una recomendación: crean ustedes. En lo que sea, pero crean. Menos en la ciencia, porque la ciencia no es objeto de fe, o no debería, se puede creer en cualquier cosa, sin caer en el resbalón de Chesterton: «se deja de creer en Dios y se empieza a creer en cualquier tontería». Sin alaracas ni exageraciones, razonablemente: crean. Luego ya… Luego será lo que sea, pero creer es lo que importa y lo que siempre merece la pena.
Eso o deprimirse.
(1).- En España, 4.422.684 personas toman diariamente ansiolíticos e hipnóticos, lo que supone un aumento de un 11% en los últimos 10 años. Además, unas 4.602.888 personas en España toman diariamente antidepresivos, un 45% más que hace 10 años.
Fuente: Estudio Internacional sobre Salud y Bienestar Mental, que la Fundación AXA y el Colegio General de Psicología de España presentaron en agosto de 2024.