Anglobalización: Izquierda y Derecha atlantistas

Anglobalización: Izquierda y Derecha atlantistas. Diego Fusaro

El poder del dispositivo ideológico neoliberal, su intrusividad omnipresente, capaz de permear integralmente el imaginario general de la época y, por ende, subsumir bajo sí los dos cuadrantes de la Derecha y de la Izquierda, aflora claramente por la capacidad performativa con la que, en cualquier contexto, logra legitimarse a sí mismo deslegitimando cualquier experiencia distinta realmente existente o idealmente posible. El uso de la memoria histórica en sentido único, pero también la utilización de la categoría de totalitarismo, son ejemplos brillantes de ello.

A su lado y conectada a estas dos funciones expresivas queda la omitida demonización, por parte del orden del discurso neoliberal, del lanzamiento de las dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, que es el último acto de la Segunda Guerra Mundial y, a su vez, el primero de la Guerra Fría. La falta de arrepentimiento y de procesamiento colectivo del crimen cometido, que ni siquiera ha sido definido como «crimen«, sino como legítimo acto de guerra o, desde una perspectiva diferente, como «mal necesario» (contra un Japón ya derrotado e impotente), resulta emblemático de cuanto ya se ha señalado: para el orden neoliberal americano-céntrico, genocidio y violencia, bombardeos y totalitarismo son siempre, por definición, aquellos que no están directamente conectados con la obra del propio orden neoliberal.

El origen de la hodierna fundación del imperialismo atlantista reside, en el plano de la Weltgeschichte (Historia universal), en la absolución de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki: y, por tanto, en ese desequilibrio de la culpa, en virtud del cual la justa condena de los campos de concentración y de los gulags no fue seguida por una análoga condena de las dos bombas atómicas y, con ellas, de la práctica del «bombardeo para hacer el bien«. El resultado de esta asimetría evaluativa es sobradamente conocido: en cuanto «mal necesario«, el bombardeo legalizado ha podido practicarse de nuevo, como atestiguan, entre otros, los sucesos de Vietnam (1965), de Yugoslavia (1999), de Irak (1991 y 2003), de Libia (2011) o de Irán (2026).

Si la derecha ha mantenido históricamente una acreditada relación con el imperialismo y, de hecho, ha sido su espacio fundamental de propulsión y legitimación, la novedad digna de mención parece ser la misma reciente reconversión de la Nueva Izquierda fucsia a las «justificaciones» del bombardeo ético, del intervencionismo humanitario y de los embargos terapéuticos: en una palabra, a las razones del «mal universalismo» del imperialismo estadounidense, que de facto coincide con el «brazo armado» de la globalización mercadista. Y es, además, la prueba del hecho de que el orden neoliberal no emplea la violencia donde le resultan suficientes el poder persuasivo de la manipulación y el poder intelectual de la domesticación, y sin embargo vuelve a aplicarla, «chorreando —para decirlo con Marxsangre e inmundicia desde la cabeza hasta los pies», allí donde encuentra resistencia y oposición.

El imperialismo estadounidense se basa en un «silogismo de guerra» (Domenico Losurdo), que dice así: dado que existen valores universales, de los cuales el Occidente de tracción atlantista es intérprete y custodio exclusivo, se sigue more geometrico que el propio Occidente es titular del derecho a exportar tales valores universales, eventualmente incluso recurriendo a una guerra soberanamente declarada de manera «preventiva»; guerra que, bajo dichos presupuestos, será en cualquier caso per definitionem —prescindiendo de las consecuencias más o menos catastróficas— una guerra justa, en nombre de los derechos humanos y la libertad universal. Y, debido a que ex falso sequitur quodlibet (de lo falso se sigue cualquier cosa), la tortura y las muertes violentas no tendrán el mismo significado si las lleva a cabo un terrorista no globalizado o un fautor del libre-cambio global bajo paraguas atlantista.

La estructura económica de derecha (imposición del mercado y de los intereses de los grupos dominantes) encuentra ahora también su complemento en la superestructura cultural de izquierda (ideología intervencionista de los derechos humanos). En efecto, el imperialismo del Leviatán de las barras y las estrellas procede siempre, en sus justificaciones, con un doble registro: el cínico de la derecha y el del «alma bella» de la izquierda. El cínico apoya abiertamente la invasión imperialista sin fingimientos, en nombre del “beneficio del más fuerte» —según el teorema de Trasímaco— y del desnudo interés económico y geopolítico de la fuerza dominante. El alma bella inclinada a la izquierda busca, en cambio, justificar la invasión imperialista con la rimbombante retórica de los derechos humanos o, incluso, fingiendo asumir el punto de vista de los más débiles que la propia operación imperialista supuestamente defendería.

Es solo desde esta perspectiva como se explica plenamente el posicionamiento de las principales fuerzas de la «izquierda imperial» de Occidente en el marco de la «Cuarta Guerra Mundial«, tal como la ha interpretado y definido Costanzo Preve. Este conflicto coincide con la global war que la civilización del dólar, vencedora de la Tercera Guerra Mundial (la Guerra Fría), declaró en 1989 a todos los gobiernos del planeta que todavía no se habían alineado con el Washington consensus ni se habían integrado en los espacios blindados del desordenado orden de la globalización neoliberal americano-céntrica.

El objetivo primordial de la Cuarta Guerra Mundial y de sus pruebas técnicas de fin de la humanidad consiste en el mantenimiento de un mundo monopolar de liderazgo atlantista (la global governance), en la destrucción manu militari de las fuerzas que aún se le resisten, en la prevención de la emergencia de competidores (sobre todo Rusia y China), en la devaluación del derecho internacional y en la mundialización de la economía de mercado desterritorializada, despolitizada y desoberanizada. Este es el precio de la guerra —o mejor, bellum justum— que la monarquía neoleviatánica del dólar (tras el final del bloque soviético y de su nunca suficientemente encomiado papel de freno al imperialismo atlantista) conduce: a) para someter al mundo entero, huérfano del bipolarismo protector pre-1989 (New World Order); y b) para garantizar su propia seguridad global (global security), impidiendo cualquier posible resistencia o contestación, de inmediato demonizada y, en consecuencia, tratada como «terrorista«.

Entre los múltiples episodios de la Cuarta Guerra Mundial dirigida a la americanización del globo, baste recordar una vez más el caso de la Serbia de 1999. En tanto no alineado con la voluntas de Washington y firmemente aferrado a la defensa del Estado serbio, el socialista Milosevic resultó degradado por la retórica atlantista al rango de «nuevo Hitler«. Y esto de modo que, en segundo término, la opinión pública manipulada aceptase el consiguiente tratamiento que le reservaban y celebrase como “liberación” del nuevo “nazismo” de Milosevic la preordenada ocupación imperialista de los Balcanes. Dicho sea de paso, tal ocupación, abstractamente realizada en nombre de los derechos humanos, se tradujo en la creación, en la provincia yugoslava de Kosovo, de «Camp Bondsteel«, la mayor base estadounidense construida en el extranjero desde los tiempos de Vietnam. Y reveló, por eso mismo, el verdadero propósito de la agresión contra Serbia como un momento clave de la Cuarta Guerra Mundial. Este coincidía principalmente con la americanización integral de una parte del área balcánica tradicionalmente ajena a la influencia atlantista y cultural e ideológicamente más cercana a Moscú que a Washington. Por cierto, hasta la embajada china fue bombardeada por la monarquía del dólar, que justificó como indeseado «daño colateral» —nombre oficial asignado a los principales crímenes cometidos por Washington— lo que, no sin buenas razones, quizás pudiera interpretarse mejor como una clara advertencia lanzada a China, uno de los principales —si no el principal tout court— obstáculo a la atlantización del mundo en el contexto post-1989.

También en aquel caso la izquierda neoliberal estuvo firmemente alineada —como en todos los demás episodios de la Cuarta Guerra Mundial y en ocasiones incluso con mayor fervor que la derecha azulina— del lado del imperialismo estadounidense. Además, desempeñó un papel crucial en su justificación superestructural ante la opinión pública. Y lo hizo empleando el discurso políticamente correcto del fundamentalismo de los derechos humanos exportados mediante misiles y la exigencia moral de derrocar a los «nuevos Hitler» y a los nuevos totalitarismos diseminados por el mundo. La guerra de Ucrania, que estalló en 2022, confirmaría estas tendencias, con una new left cada vez más sólidamente alineada en defensa de las razones del imperialismo estadounidense (en fase de ocupación de los espacios post-soviéticos) y hasta en primera línea del envío de armas en función antirrusa.

El universalismo emancipador de la lucha contra el imperialismo y en defensa del patriotismo de las luchas de liberación nacional ha sido rápidamente sustituido por el «mal universalismo» de los derechos humanos y de la democracia para llevar (take away), o sea por la ideología que, con Chomsky, etiquetaremos como the umbrella of  U.S. power (el paraguas del poder USA). La rehabilitación integral post-1989 del imperialismo y el colonialismo podría considerarse cumplida: «Colonialism´s back» fue el inequívoco título propuesto por el «New York Times» el 18 de abril de 1993. Tal rehabilitación es efectuada mediante la redefinición, en perfecto estilo newspeak, del imperialismo atlantista con los tranquilizadores pero traicioneros nombres de peacekeeping (mantenimiento de la paz) y de exportación de los derechos y la democracia. Y adviene siempre —en Serbia, como en Irak o en Libia— con un oportuno borrado de los exterminios inequívocamente totalitarios llevados a cabo por el brazo armado de las barras y estrellas de la globalización capitalista, con sus bombardeos humanitarios con armas no convencionales, con sus liberales campos de concentración éticos (desde Guantánamo hasta Abu Ghraib), con sus guerras preventivas por el bien mayor, con sus terapéuticos embargos genocidas (desde Cuba hasta Irak), con su desestabilización de gobiernos legítimos reemplazados por nefastas dictaduras.

En el marco de esta economía política de los derechos humanos, la reductio ad Hitlerum, según la figura conceptual teorizado por Leo Strauss, desempeña una función de primer nivel en la legitimación del Nuevo Orden Mundial. Como se ha mostrado en Il futuro è nostro, la reducción ideológica de los gobiernos no alineados a la categoría de «nuevos Hitler» y de «nuevos totalitarismos rojos y negros» permite, de hecho, la automática activación del «modelo Hiroshima«, es decir, del bombardeo ético presentado como «mal necesario» (o como «daño colateral«), con consecuencias devastadoras pero, en todo caso, justificadas en nombre del derrocamiento del abominable dictador.

Por esta razón, el orden del discurso liberal-atlantista transformó en nuevos Hitler tanto a Gadafi y Saddam como a Assad y Milosevic, y, en general, a todos aquellos que, condenados apriorísticamente por estar en el lado equivocado de la historia, osaron oponerse a la americanización imperialista del mundo. En 2022, el propio Putin, ex dirigente de aquel Partido Comunista Soviético que había luchado en Europa contra el nazismo, fue descaradamente presentado ante la opinión pública como un «nuevo Hitler«, en el colmo de la manipulación y de la hipocresía; y ello, además, por obra de una civilización del dólar que no dudaba en apoyar, en Ucrania, a los nazis realmente existentes del «Batallón Azov» y de todas las fuerzas rusófobas declaradamente nazis en las ideas y en los símbolos ostentados.

La fabula docet que cabe extraer es inflexible. Contra los nuevos Hitler no solo la negociación y el diálogo son por definición imposibles. Aparte de esto, toda operación militar está justificada, más allá de los límites y de la regulación propia del jus in bello y del jus ad bellum: el ataque imperialista, contrabandeado como «liberación» de los pueblos oprimidos, puede ser llevado hasta sus consecuencias extremas, por tanto más allá de cualquier presunto jus in bello. La desregulación del mercado se acompaña, así, de la desregulación bélica y de la convergente idea de una guerra total, que los heraldos del Imperio —autoproclamados «fuerzas del Bien«— se declaran llamados a conducir, por cualquier medio y más allá de todo límite, contra las fuerzas demoníacas del Mal: ​​la Operation Infinite War fue, por cierto, el proyecto de guerra global lanzado por el presidente Bush en 2002.

La «Cuarta Guerra Mundial» (Preve) se distingue de las precedentes, que se desarrollaron en el marco del capitalismo dialéctico, también en este sentido. Es respaldada igualmente por la derecha y por la izquierda imperiales, ambas colonizadas por la ideología —constitutiva de la autoconciencia de la falsa conciencia occidentalista— con la que el mundo capitalista imperialista consigue acreditarse como el único mundo libre.

Derecha azulina e Izquierda fucsia neoliberales figuran, así, como los dos gendarmes al servicio del imperialismo estadounidense: vale decir, de la violencia con la que la globalización mercadista, como fenómeno político, económico, social y cultural, se impone en las zonas del mundo todavía refractarias a aceptar los “magníficos y progresistas destinos” de la «libertad» del capital.

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