Nada es eterno, ni siquiera el régimen de la verdad búmer. Estamos en un momento óptimo para ajustar cuentas con este viejo conocido.
El régimen de la verdad Búmer
Con cuarenta y seis años, para los críticos y opinantes literarios españoles yo era un joven novelista. Hasta próximos los cincuenta mantuve esa catalogación, entre comercial y pseudo erudita, a la que se aferraban los estudiosos de la narrativa patria empeñados en establecer hitos generacionales. Como quiera que empecé a publicar novelas con edad relativamente tardía —33 años—, y mi trayectoria se inició con dos premios literarios bastante relevantes y consecutivos —modestia aparte—, los investigadores del gremio decidieron que la mía era una voz emergente y, por tanto, joven. La emergencia me duró poco, pero la tilde de «joven» perduró década y media. Recuerdo un artículo de Vázquez Montalbán, escrito allá por 1989, en el que lamentaba que España fuese el país con los escritores jóvenes más viejos del mundo, un panorama literario en el que la juventud autoral duraba más que los trajes de pana. Cosas de aquellos tiempos, sin duda. Y de estos, por lo que sigue extendiéndose el fenómeno y por lo que concierne a los contenidos frecuentados por aquella generación de nuevos novelistas, todos ellos vocacionalmente orientados a ser ellos mismos de por vida, letra a letra, argumento sobre argumento hasta el siglo siguiente, el infinito y más allá.
Uno de aquellos valores de la narrativa de la época, también en 1989 —un año espectacular, ya ven—, en el transcurso de memorable conferencia leída en el salón de Caballeros Veinticuatro de la granadina Madraza, alegó muy convincente que la novela española sobre la guerra civil, hasta aquel momento, había sido en la práctica un subgénero entre periodístico y autobiográfico, sesgado por la experiencia personal de los escritores que habían sufrido la contienda en propias carnes y no podían sustraerse a la delicada tentación de incluir sus vivencias en el relato. Reclamaba para la siguiente generación, los escritores «búmers», el mérito de hacer narrativa desde el puro territorio de la ficción, es decir: propiamente literatura y no memorialismo. Por tanto, sus novelas y las de otros escritores de su círculo, allegados y virtuosos en general, se elevarían como la auténtica ficción literaria sobre la guerra civil española, relegando todo lo anterior al ámbito de la crónica novelada, las memorias dramatizadas y demás géneros propios de gente anciana y básicamente caduca.
Debo reconocer, porque no quiero ser hipócrita —y con perdón por la batallita que les estoy endosando—, que en mi primera novela aparecían la guerra civil y la posguerra como escenarios fundamentales del argumento, si bien la acción transcurría muchos años después, justo en la prodigiosa década de los ochenta del siglo pasado. Y también en mi descargo debo decir que en cuanto leí la novela ya publicada me di cuenta de que aquello, la referencia sentimental a la guerra y el modo en que ese conflicto determinaba las vidas y azares de los personajes, resultaban finalmente un discurso repetido, manido y demasiadas veces recalcado, se mirara como se mirase y se expusiera desde cualquier perspectiva, desde arriba, desde abajo o por los lados; en suma: un puto coñazo.
No volví a pecar. Se me pasó pronto el prurito guerracivilista, en cuanto me di cuenta de lo cargante que era, lo poco que aportaba al referente histórico-moral del asunto y lo menos aún que enriquecía el panorama literario en lengua española, con perdón por la fatuidad; y en cuanto a mi propia obra operaba más como lastre que como elemento de edificación. O sea que intenté no caer de nuevo en el error, propósito que no tiene ningún mérito ni entraña ninguna virtud porque no meter la pata es tan sencillo como no hacer nada, ya lo decía Mao Tsé Tung: «Sólo quien no hace nada no se equivoca nunca».
La gente de mi edad dedicada a estos oficios de la escritura, sin embargo, mayoritariamente no pensaba igual. Han seguido dando la matraca década tras década, hasta la vejez moralmente victoriosa del bando derrotado por la historia y por el calendario. Ahora les detallo.
Toda esta historia viene a cuento del libro tomado el pasado sábado en la librería pública del Puertito de Güímar —Tenerife—, primorosa localidad donde me encuentro pasando una breve temporada. Dicha biblioteca pública, como su propio nombre indica, se encuentra en la vía pública; consta de una estantería colocada en una esquina de la plazuela conocida como La Charcada, frente al mar, siendo que en dicha estantería van colocando libros los vecinos al buen tun-tún, los toman, los leen y los devuelven, a veces incorporan nuevos títulos y en ocasiones aparecen bibliotecas familiares enteras que rebosan los anaqueles del mueble. Es una especie de bookcrossing pero sin aplicaciones informáticas que lo gestionen, sin complicarse la vida y sin pijadas. A pelo. Uno va a la estantería, rebusca, encuentra y se lleva el libro; si quiere lo devuelve y si no se lo queda. Y a otra cosa.
Fue allí, decía, en esa biblioteca callejera, donde di con la novela El rey recibe, de Eduardo Mendoza, publicada en 2018 por Seix Barral. Mendoza siempre me pareció un escritor simpático y elegante, conoce el arte de hacer reír y escribe con una soltura y pulcritud admirables. El título, para mí desconocido, me llamó la atención enseguida. La sinopsis argumental me escamó un poco, sin embargo: «Barcelona, 1968. Rufo Batalla recibe su primer encargo como plumilla en un periódico: cubrir la boda de un príncipe en el exilio con una bella señorita de la alta sociedad. Coincidencias y malentendidos le llevan a trabar amistad con el príncipe, que le encomienda, entre otras cosas, escribir la crónica de su peculiar historia. El opresivo ambiente de la gris España franquista pronto se quedará pequeño para Rufo…». Vuelta la burra al trigo, pensé. No obstante me llevé la novela y le dediqué bastantes horas del sábado vespertino y nochero, hasta acabarla. Cerré el volumen…
Vuelta la burra al trigo, pensé otra vez.
¿No se cansan?
Las cien primeras páginas son al estilo «Cuéntame cómo pasó» revisitado: la Barcelona en tiempos de Franco, los jóvenes contestatarios, sus ilusiones, aspiraciones y contradicciones existenciales; una mirada al pasado que incluye, entre otras exquisiteces, un excurso de once páginas sobre la figura del ministro de información y turismo Fraga Iribarne, su atrabiliaria personalidad y su importancia en el tardofranquismo. No sé a qué venía aquel miniensayo sobre el expresidente de la Xunta de Galicia, si para aclarar las circunstancias históricas en las que se inscribe el argumento de la novela o por tocar los cojones al PP; el caso es que ahí está la digresión, enriquecida con otras muchas páginas dedicadas a la evolución del régimen franquista a partir de 1968, la situación europea respecto a los países del telón de acero, la primavera de Praga, etc. De verdad, y no quiero hacerme repetido: ¿no se cansan?
Lo malo del régimen de la verdad búmer no es que sea dominante y que haya prorrogado su vigencia en las nuevas generaciones, tanto de escritores como de pequeño burgueses interesados por la cosa cultural. Lo malo de verdad es que esa verdad establecida, indiscutida, obligatoria, es el secante perfecto para la creatividad literaria en España desde hace no sé la de décadas. Aquí, en narrativa, todo lo que no sea antifranquismo y derivados es lujo cultural concebido por «los neutrales que lavándose las manos se desentienden y evaden», tal cual lo diría Gabriel Celaya con su acostumbrada impetuosidad. Aquí, si se quiere eludir la mirada hipercrítica con la ceja levantada de los inspectores del bien pensar, hay de refugiarse en los subgéneros, tal la novela histórica, tal la policial/detectivesca, tal la novela romántica-cuanto-más-morbo-mejor; si acaso, desde alguna autonomía mega subrayada se pueden tratar conflictos locales propios, como el tema de ETA en Patria, de Aramburu, aunque eso sí: con el franquismo y la dictadura de fondo, aunque queden muy al fondo. Pero hablar de la actualidad sin constancia de antifranquismo militante —intelectual pero militante—, causa sospecha y desafección. Según el catecismo, La península de las casas vacías es un novelón porque trata sobre la guerra civil. Puede que esté escrita como la lista de la compra en Mercadona y que sea aburrida como un tratado de derecho mercantil, pero lo fundamental está logrado: valores imperecederos. Aquí, al que no profesa «memoria democrática» no se le permite asistir a misa y mucho menos participar en la eucaristía. La imaginación y la historia como únicas herramientas iban a construir una novelística fresca, audaz, de innovación; eso decían… Sí, decían que la auténtica narrativa sobre la guerra civil, la posguerra y el franquismo la iban a hacer los que no habían vivido la guerra civil, apenas la posguerra y nunca fueron molestados durante el franquismo. Eso decían. Pero cincuenta años después siguen siendo los mismos con las mismas, idéntico sermón, el mismo circular y circular en torno a las mismas ideas, con experiencias personales tan semejantes unas a otras que se dirían clonadas —a veces lo son—. Aquí, autores de ochenta y tantos años a los que no leen los jóvenes —y bien que hacen— se esmeran inútilmente, como relojero en su taller trabajando para un emperador derrocado, para explicar a esos mismos jóvenes —los que no leen sus obras y nunca van a leerlas— lo malo que fue el franquismo, lo gris y triste que era la España franquista, lo sufridos que fueron aquellos tiempos, su difícil juventud, lo complicado que era conseguir discos de los Rolling Stones y las pocas posibilidades que tenían mantener relaciones sexuales antes del matrimonio, a menos que recurriesen al sexo de pago, una práctica extendida porque bajo el franquismo las mujeres estaban muy oprimidas y había miseria en el mundo rural y muchas féminas se veían obligadas a prostituirse y bla, bla y reblá… De verdad: ¿no se cansan?
Decía Ortega que el imbécil nunca se sospecha a sí mismo, por lo que es vitalicio. No estoy yo en condiciones de atribuir a nadie la virtud de la imbecilidad, mas puedo permitirme el lujo de parafrasear al «maestro en el erial»: el pelmazo biempensante nunca se sospecha a sí mismo, por lo que es vitalicio. Y lo peor: se sigue creyendo necesario. Y lo definitivamente peor: insiste con tozudez inusitada, al punto de que uno —servidor— llega a pensar que su empeño no tiene por causa tanto la obcecación como la falta de otros argumentos y otras luces. Sin ánimo afrentoso, sinceramente, entre viejos como viejo soy yo: sois estantiguas repetidas, monótonos, cargantes, cansinos hasta el empalago. A menudo, creyéndoos sublimes resultáis insufribles. Sois, más o menos, las corines tellados del romanticismo democrático.
Y muy sinceramente: ¿nunca os cansáis de ser vosotros mismos, ni de escribir lo que vosotros mismos escribiríais si escribieseis para vosotros mismos? La pregunta es retórica, por supuesto. Sois a la narrativa contemporánea lo que el escaparate de una ortopedia al embellecimiento del centro urbano: desagradable pero con clientela segura. Y estáis encantados de conoceros y reconoceros entre los vuestros.
Hala, sed felices.