Ya no importa quién declare en el Tribunal Supremo, ni lo que diga, ni los escándalos que destape ni los nombres que mencione ni los delitos que reconozca, cometidos por él solo o en compañía de otros. Ya no importan las tramas de corrupción, ni la utilización de los medios públicos para favorecer a allegados y saquear el Estado, la parasitación de las instituciones para apuntalar un régimen cleptómano, ni la manipulación de la opinión pública a través de medios comprados para legitimar el expolio y, aún peor, alabar como el no va más de la democracia la reconversión de nuestro débil sistema de libertades en un feudo presidencialista, dirigido por un psicópata aprendiz de tirano a quien sus feligreses adoran como mesías de la igualdad y tres o cuatro bobadas más. Nada de eso importa ya. Porque estamos polarizados. Eso dicen.
La llamada —mal llamada— “polarización” de la sociedad tiene de primera consecuencia, como siempre, la inmunización de la ciudadanía ante los abusos y desvergüenzas del poder; es el efecto de esa disociación cognitiva que nos impele a aceptar como asumibles las fechorías de “los nuestros” y denigrar como abominables los deslices del adversario, por nimios que parezcan. Ya está dicho: lo de siempre.
La segunda consecuencia en el desbarajuste: la desaparición —anulación— no ya de la verdad como factor invocable para el análisis de lo real sino del mismo concepto de verdad. La verdad dejó de ser lo que era para dar un paso al frente sobre el abismo y esfumarse. No es que ya no sirva, es que ya no está. Ahora, la verdad es lo que digan ellos que es la verdad, y por “ellos”, se entiende, me refiero a los políticos que nos pastorean, los medios de comunicación que les sirven de altavoz y las charos que pululan en el súper y echan a Trump la culpa del precio de los boquerones. Eso es la verdad, hoy: el último exabrupto de una jubilada con el pelo teñido de morado que hace media hora se enteró gracias a TVE de que el activista islamista Abukeshek está siendo torturado por Israel y, ya prestado el oído a finezas, de que Begoña fue asaltada y agredida por un periodista amarillento. Así funciona este negocio de la polarización.
Un mérito hay que reconocer a la banda de delincuentes que nos gobierna: conocen perfectamente a los suyos y manejan con maestría los resortes que sostienen la infantilización de la sociedad y la previsible respuesta del común, desde ese estado anímico, a cada una de sus argucias y marrullerías.
No era feminismo, era feminización en el peor sentido. El feminismo sirvió en sus primeros tiempos para conseguir aquella igualdad jurídica tan anhelada y la igualdad real en lo cotidiano. El transfeminismo opera como secta de lavado de conciencias: lo importante es lo que sentimos porque los sentimientos siempre son ciertos; en lo demás pueden engañarnos, pero el estado de ánimo pertenece a la intimidad psicológica, es algo sagrado, improfanable; para el común del rebaño, indiscutible. Otro paso al frente —del abismo—: a la política y las convicciones ideológico/morales basadas en la lógica del bien común, en la razón, la objetividad y la prudencia, le ha sustituido la respuesta emocional, la visceralidad, los prejuicios y, en última instancia, las preferencias personales conforme al argumento perverso y hortera, inventado por algún pornógrafo del pensamiento, según el cual todas las opiniones son respetables.
«Señora, respete usted mi opinión», exige una petarda en la antepenúltima película de Santiago Segura, convencida ella de que la capital de Italia es Venecia. Así de respetables son todas las opiniones. Lo peor de la situación: ya no hay hechos, evidencias, sólo hay opiniones. Enrique de Vicente lo llama “menteplanismo”. No hay más que convertir los hechos en opiniones, lo fáctico en materia subjetiva y contenido reciclable en el relato posterior al suceso, para que la verdad y lo objetivo y lo fidedigno decaigan hasta la irrelevancia. No importa lo que sucede sino cómo se cuenta y, sobre todo, quién lo cuenta.
«La gente, primero siente y después piensa», afirmaba con mucha seguridad el famoso Iván Redondo, gurú del sanchismo durante los primeros años de andadura sociopática del presidente. Tenía toda la razón, desde luego. El juego capital de la política —sobre todo de la política que encarna el maleante monclovita— es que la gente pase del sentir al pensar sin dejar de sentir y, en consecuencia, sin pensar más que lo justo. De tal modo, cada opinión contraria se percibe como agresión porque conturba nuestros “sentimientos”; y agredir los sentimientos ajenos es odio. Sumando y siguiendo.
En De profundis, afirma Óscar Wilde —de exquisita sensibilidad feminoide—, que “el corazón siempre es justo”. Puede estar equivocado —el corazón—, puede resultar arbitrario incluso, pero siempre es justo porque cada convicción sentimental nace de la conciencia en pura manifestación de aquello que nos conmueve. Es una sentencia cierta, mas cabe lo aporístico: no es justa del todo porque los dictados del corazón no siempre resultan convenientes ni favorecen a los demás. La lucha del ser humano racional por dominar las pasiones, los arrebatos, los sentimientos perjudiciales para el individuo y para su prójimo, es un clásico de la filosofía moral. La contradicción entre ética de los principios y ética de la responsabilidad es igualmente espacio de reflexión para quienes buscan la verdad; un incordio y una pérdida de tiempo para los convencidos e instalados en el dogma de la sentimentalidad. Quien actúa movido únicamente por convicciones, impulsado por el resorte de sus emociones y sentimientos, sin reparar en consecuencias, sintiéndose absuelto de todo daño colateral porque se ha obrado “conforme a principios”, por lo general es un imbécil o una persona tóxica.
Es justo en torno a los vacíos de esa persona imbécil, seguramente tóxica, donde construye nuestra jerarquía doctrinaria su discurso, hasta donde eleva sus falacias convertidas en coartada para mentes pueriles: el valor inmenso, definitivo, del elefante en la cacharrería. Y no les va mal porque la demagogia y la manipulación se desenvuelven maravillosamente en el caos, en la cacharrería de la razón destrozada por el elefante en celo. Cuando ya no queda nada sólido, nada estable a lo que acogerse, es el momento perfecto para “Nosotros o el Caos”. Y saben que “nosotros” son ellos y el “caos” también son ellos. Y mientras se lo zampan y lo disfrutan y se nos ríen en la cara, las antiguas feministas a lo suyo: preparar el siguiente 8-M con la paciencia y el primor de Penélope tejiendo el sudario de Laertes. Eso sí, sin Odiseo que las rescate porque son feministas y no necesitan que ningún Ulises les enmiende el pespunte. Qué tiempos.