Reseña de «Cadillac Ranch»

Título: “Cadillac Ranch”

Autor: Antonio Tocornal

Se mire como se mire todo es cuestión de enfoque. De perspectiva. Hay gente que lo sabe y construye su relación creativa con el mundo y su idealización sobre las ilusiones compartidas desde ese convencimiento; hay quienes lo ignoran y contemplan la realidad desde una estéril presunción de inambigüedad, a cámara fija, y allá ellos.

Contemplamos el universo y lo observamos y estudiamos en busca de respuestas, eso está bien y es meritorio, pero a lo mejor es el universo quien nos contempla y nos estudia, asombrado por ese raro fenómeno que ha surgido en un hueco entre las arenas galácticas, entes reflexivos y parlanchines que no paran de inventar artilugios para comunicarse entre ellos y preguntarse quién los sueña. La pregunta capital de la filosofía es por qué existe todo, pero a lo mejor la pregunta que se hace el todo existente es por qué existimos nosotros y por qué nos empeñamos en conocer la razón de ser desde la soledad necesaria de nuestro ínfimo rincón humano. Sí, cierto: todo es cuestión de enfoque.

Por eso me gusta desde hace años, desde que leí sus primeros títulos, la narrativa de Antonio Tocornal: porque tiene la virtud —yo creo que la perspicacia— de situar sus personajes y argumentos en circunstancias que con toda intención desenfocan la mirada “única” sobre lo real, para conducir inmediatamente al lector a un sistema de referencias estéticas y morales inédito y puede que innombrado; y desde esa geografía original —originaria— construye el discurso, forzosamente nuevo, sobre los universales humanos, el sentido de pertenencia a lo colectivo, los sentimientos, la soledad y el sentido último de cada experiencia individual, si es que lo hubiere.

Cadillac Ranch es el último ejemplo que confirma el método: un conjunto de relatos que aporta quince visiones —variaciones— sobre el mismo tema, el sentido de nada y el sinsentido último de todo. Hay autores que buscan la originalidad y la sugestión a través de una prosa esmerada y perfilada con recamado exclusivo, otros intentan argumentos inverosímiles de puro imaginativos, otros nos cuentan su vida y le otorgan el fasto épico de lo literario… Todo ello muy plausible, no lo niego, pero muy inútil porque al primer giro en la perspectiva cualquier historia se desmorona y cae al vacío del todo que ya está escrito y redicho. Lo afirmaba Monterroso y no soy quién para rebatirlo: todo está escrito, nada está dicho. A partir de ahí nace el único consejo al escritor en ciernes que quiera iniciarse en este arte tan simple: si lo vas a decir, esmérate en decirlo como nunca antes lo dijo nadie; si no eres capaz, las oposiciones a administrativo de la Junta de Castilla y León siempre estarán ahí.

También decía Monterroso que en la literatura universal hay tres temas fundamentales: el amor, la muerte y las moscas. Según se mire —cuestión de perspectiva—, el libro de Tocornal empieza abordando este asunto, las moscas y su relación con el acto literario. Después, ya en el principio, encontramos la correlación absoluta con ese universo que nos mira y se sorprende de que seamos tan ignorantes y tan ambiciosos. Es el momento de enfocar, o de desenfocar porque todo va de lo mismo. Llega ese viajero por la mítica ruta 66 que sólo encuentra lo distinto decisivo en los rostros de los insectos que se van estrellando contra el parabrisas de su automóvil; el pequeño hogar que crece hasta el vacío como implacable metáfora del desorden organizado que rige el misterio y sus entornos; el pueblo que crece en la palma de la mano del protagonista, el millonario que vive en su coche como tortuga bajo su caparazón y despoja de verdad y realidad a cualquier otro accidente en su vida, el que se instala en un banco de cualquier parque para escuchar hasta lo eterno una voz que pide auxilio, el anciano que agoniza y digiere su inmortalidad dorada al mismo ritmo de sus amadas plantas, el escritor que decide pasar a ultramundo acompañando a su gata muerta… En cada relato hay una voluntad persistente de “desviar” la mirada del lector hacia contextos imaginables y por tanto reales, verosímiles en la medida en que la anomalía situacional no se encuentra en lo objetivo fáctico sino en la subjetividad de los personajes. Lo decía Castaneda muy bien dicho: todo depende de la percepción. Si un tipo que vive en la montaña se empeña en llevar el mar hasta su casa, es cosa suya si el mar llega a no llega. Otro que insistía en el detalle, Miguel Delibes: en literatura es real todo lo que puede narrarse. Lo que hace falta es que sea verosímil, claro está. Lean ustedes Cadillac Ranch y verán cómo les parece la cosa más lógica del mundo vivir en una casa donde hay un cuarto cerrado al que nunca ha entrado nadie y en el que habitan todos los monstruos del mundo… Aunque vete tú a saber, a lo mejor son ángeles.

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