El término «globalización» (Globalization) fue acuñado en la década de los 80 en las universidades de administración de empresas de Estados Unidos, inspiradas en la expresión «aldea global» (global village) de Marshall McLuhan, que el filósofo canadiense sostuvo en su obra Galaxia Gutenberg (1962). Si bien ya venía incubándose desde hace varias décadas, tras la caída de la Unión Soviética cristaliza la ideología de la globalización, llegando a ser una especie de metafísica con tendencia optimista en el destino del Género Humano tras las victorias contra la Alemania del Tercer Reich en la Segunda Guerra Mundial y la Unión Soviética durante los 45 años de la Guerra Fría (victorias del «mundo libre» contra lo que los ideólogos de la Globalización oficial denominan «totalitarismos»).
La ideología de la globalización cristalizó a raíz de la caída del Imperio Soviético y se impuso como alternativa a la idea, también globalizadora (o «internacionalista»), del comunismo soviético (pese a aquello del «socialismo en un solo país», que en el período de entreguerras supuso la preparación para la «Gran Guerra Patriótica»).
Tras la caída de la URSS vino la reunificación de Alemania y la cristalización de la Unión Europea con el Tratado de Maastricht (ahora, más de 30 después, estamos viendo los resultados de aquella «cristalización», y sobre ello no se ha edificado nada sólido y definido). Éstas han sido las consecuencias de la victoria contra el gigante soviético del proyecto expansivo del Imperio Estadounidense, decisivo para la configuración de la ideología de la Globalización oficial capitalista («neoliberal»), sobre todo en su modalidad financiera o «turbocapitalista».
Desde entonces se dice que la Declaración Universal de los Derechos Humanos vendría a ser acatada a raíz de la expansión del régimen de democracias parlamentarias homologadas vinculado a la economía de mercado pletórico de bienes y servicios (bajo la tutela de Estados Unidos como hegemonía mundial e Imperio realmente existente). Sobra decir la risa que provoca esto, porque es realmente trágico. Los seres humanos supervivientes de las guerras de Estados Unidos en Somalia, Yugoslavia, Afganistán, Irak, Libia, Siria y Yemen están de testigos.
El ideólogo del Departamento de Estado estadounidenses en las administraciones de Reagan y Bus I, Francis Fukuyama, sostenía que el derrumbe soviético implicaría la sustitución de las ideologías por la economía. El pensador japo-americano era preso de una especie de economicismo. El fin de la historia al mismo tiempo supondría el fin de las ideologías (de las luchas ideológicas), del arte y de la filosofía, y el poder político quedaría restringido a resolver problemas técnicos que irían planteándose según las exigencias consumistas de la sociedad. El pensamiento único del modelo democrático estadounidense iría poco a poco imponiéndose y las creencias serían sustituidas por la economía. (Véase en Posmodernia nuestros artículos https://posmodernia.com/30-anos-del-fin-de-la-historia-de-fukuyama-i/, https://posmodernia.com/30-anos-del-fin-de-la-historia-de-fukuyama-ii/, https://posmodernia.com/30-anos-del-fin-de-la-historia-de-fukuyama-y-iii/, y https://posmodernia.com/huntington-contra-fukuyama/).
Pensar -como lo hacía Fukuyama siguiendo a Alexander Kojève, que a su vez seguía a Hegel desde una interpretación materialista y atea del gran filósofo alemán- en un «Estado homogéneo universal» (el Estado de la era «poshistórica») que resolvería todas las contradicciones y en el que todas las necesidades humanas resultasen satisfechas y en el que, al no haber luchas o conflictos en torno a grandes asuntos, se pudiese prescindir de generales y estadistas, es pensar de un modo no muy alejado del pensamiento Alicia. Se trata, en definitiva, de una degeneración de la filosofía hegeliana en la vía del fundamentalismo democrático.
Los sistemas políticos que han precedido a la democracia son contemplados como meros ensayos que necesariamente han conducido a la forma más perfecta y definitiva: la democracia. Como si las fases anteriores fuesen algo así como una preparatio democratiam. No obstante, hay que recordarles a los fundamentalistas que la democracia ha sido posible (sobre todo en países como Francia o Gran Bretaña) por el colonialismo más depredador. Los sistemas democráticos para ser tales tienen que poseer un gran poder militar y matar más que sus adversarios. También la democracia es una máquina de picar carne, cosas de la Realpolitik.
Este fundamentalismo democrático es una de las claves de la ideología de la Globalización oficial. Otra de las claves, aún más empapada de ideología (y con esto damos a entender «conciencia falsa»), es la de la construcción de un sistema de gobernanza mundial o un Estado Mundial, que se interpreta como una entidad supranacional que pretende disponer del monopolio del poder político, económico, financiero, tecnológico y militar en todo el mundo.
Asimismo, el «Estado Mundial» (llamarlo «Imperio Mundial» para las seseras fundamentalistas sería excesivo, no vaya a ser que se entere la servidumbre) dispondría de una Corte Internacional de Justicia con un solo sistema legal. De este modo, si así fuese, se cumpliría el sueño de algunos letrados iluminados que predican la Justicia Universal. Y como consecuencia del gobierno mundial llegaría el «ciudadano mundial».
El Estado Mundial sería una nueva «comunidad humana», como decía el novelista británico H. G. Wells en 1928 en su obra La conspiración abierta. Y esta comunidad acabará con la dialéctica de Estados, pues el Estado Mundial es una clase con un solo elemento (o tal vez entonces nos enfrentaríamos a los extraterrestres, continuando la dialéctica en forma de guerra de las galaxias).
Los gobiernos españoles del Régimen del 78 han sido gobiernos aliados del globalismo (la Unión Europea es una de las hijuelas de este globalismo oficioso). Y además lo han hecho con una obediencia asombrosa, siendo más globalistas que el Papa. Rockefeller y Soros serían moderados en comparación. El 22 de abril de 2020, en el debate sobre la prorrogación del Estado de Alarma a causa de la crisis del COVID-19, el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, llegaría a proponer un «cambio hacia formas de gobernanza mundial para hacer frente a amenazas que son también globales como hemos visto que es, por ejemplo, esta pandemia».
Esa «gobernanza mundial» que se busca es lo que Gustavo Bueno denominó globalización aureolar; y las «amenazas globales» -como efectivamente lo es la pandemia- son un buen ejemplo de lo que el riojano de nación y asturiano de adopción clasificó como globalización positiva; como son los casos que muestran los medios de transportes, de comunicación y -como decimos- la propia propagación del virus, dando la vuelta al globo en poco más de tres meses (en un tiempo récord).
Por idea aureolar entendemos, pues, una idea que parte de una realidad (el Imperio Estadounidense y sus aliados de la City donde cristalizó la ideología de la Globalización oficial tras el derrumbe de la URSS) que es proyectada hacia una virtualidad en la que se intenta recubrir la totalidad del planeta a fin de que se establezca un Gobierno Mundial: con un solo ejército, una única moneda y una religión universal (que no sería precisamente la católica, pese a los guiños del Papa Francisco a los aspirantes a globócratas; veremos qué tal el no muy notable y de hecho desaparecido Papa, por cierto estadounidense, León XIV).
Este globalismo aureolar que pretende un sistema de gobernanza mundial no es más que una modulación, secularizada podría decirse, de la antigua idea de Imperio Universal; un Imperio que trataba de gobernar a todos los pueblos. Pero no hay ni hubo ni habrá Imperio capacitado para organizar a toda la humanidad. Es imposible la Monarchia Universalis, que «busca reducir el Universal Mundo bajo un solo pastor», que Mercurino de Gattinara le sugirió a Carlos I de España y V de Alemania y que éste atacó explícitamente en Bolonia en 1529.
Si -como decía Aristóteles- gobernar una gran ciudad ya es difícil, cuánto más lo sería gobernar a todos los pueblos del globo. Aunque, a nuestro juicio, más que arduo sería irrealizable, por la imposibilidad misma del Estado Mundial (un Estado metafísico, monista, en el que parece que todo está conectado con todo o que el Estado Mundial lo controla todo: un Estado omnisciente y omnipotente).
Los globalistas tratan de diseñar y controlar un mundo more supranacional, pero desconocen (o hacen como que no saben) que existen los globalistas pero ni existe ni puede llegar a existir la globalización del Gobierno Mundial, la globalización aureolar. Como tampoco es posible la aliciesca Alianza de las Civilizaciones.
Como puede apreciarse, la ideología del «Nuevo Orden Mundial», que es el eslogan de los globalistas más conspiradores y conspiranoicos, se trata de un pensamiento tan escatológico y tan metafísico -aunque más ingenuo aún, pese a resultar vencedor en la Guerra Fría- como el mito de la revolución mundial y el comunismo final que predicaban los soviéticos y el consecuente y fantasioso fin de la explotación «del hombre por el hombre» (mito muy en vigor sobre todo en los primeros años tras la Revolución de Octubre, pensando que ésta sólo podía ser rescatada por una revolución en Europa, cosa que corrigió el estalinismo con el socialismo en un solo país).
También podría interpretarse, o es otra forma de verlo, que los ideólogos del capitalismo (liberales o neoliberales), al igual que la ideología del comunismo, postulaban un anarquismo puesto en el horizonte del futuro de un Género Humano unificado (no separado por Estados) y dueño de las claves de su autodirección en una anarquía universal autogestionaria de la economía mundial, un sistema universal de plena realización económica en el que el Estado (los Estados) vendría a ser una institución superflua y por tanto prescindible. Pero la Realpolitik nos hace entender que no es posible un sistema económico cosmopolita en el que los Estados no intervengan y en consecuencia dejen de existir. El gobierno mundial no es ya improbable sino imposible.
Luego cabe decir que existen los globalistas, que pretenden erigirse como globócratas, pero no existe ni puede existir la globalización tal y como es interpretada por los globalistas más radicales y recalcitrantes (tantos millones de dólares y de libras para tanta miseria filosófica y geopolítica). Por tanto, no es cierto, como algunos insisten, que el mundo de hecho ya tiene un gobierno mundial, porque de hecho no lo tiene ni lo puede llegar a tener. Desde nuestras coordenadas pluralistas y dialécticas no podemos compartir la tesis de que la mayor parte de lo que sucede está dirigido por los pocos que manejan el poder. Es imposible «dejar el mundo en manos de un reducido número de corruptos». Eso es pensamiento conspiranoico.
Ya en el siglo XVI había dejado dicho el gran filósofo escolástico español Francisco Suárez en De legibus (III, 4), «no hay potestad alguna que tenga jurisdicción en todo el Orbe o en todos los hombres, luego ninguna ley puede ser, de este modo, Universal».
Y mucho menos una «ley» globalista que por su imprudencia, chulería e incompetencia ha permitido que Estados Unidos, con un poder en los años 90 como no se ha visto nunca en la historia, haya dejado de ser la única superpotencia para tener que compartir el escenario geopolítico con dos superpotencias aunque desiguales: Rusia a nivel militar y China a nivel comercial. Y ahora con un antiglobalista declarado en la Casa Blanca como el rubiales, también multimillonario pero de una elite industrial nacionalista, Donald Trump, ¡quién sabe si filtrando los escándalos del caso Epstein para desprestigiar y hundir más a los globalistas!
No sólo Putin y Xi Jin Ping, que ya le están dando bastante, sino además tienen que lidiar con un americano muy norteamericano y más aún demasiado estadounidense sentado en el Despacho Oval cambiando aún más las reglas del juego geopolítico o simplemente haciendo lo mismo pero ahora sin wokismo y sin tanto mensaje edulcorado de fundamentalismo democrático, como se ha visto con Venezuela («vamos a por el petróleo y punto») y ya veremos qué pasa con Irán. Es decir, sin tanta tontería pero sobrado de chulería.
Para el lector interesado he profundizado de forma detallada sobre el globalismo y el mundo de la conspiración y la conspiranoia en mi libro Historia del globalismo. Una filosofía de la historia del Nuevo Orden Mundial (Sekotia 2022, 2025).